Debuté a los 18 con una vecina de 29. Resulta que tenía una vecina que se llamaba Estela. Era separada y tenía un hijo de 10 años.
Medía 1,66, era delgada, una colita bastante firme, y un par de tetas que eran la tentación de todo el barrio.
Siempre la miré como un imposible, y sólo teníamos un trato común entre vecinos. Ella llevaba todos los días hombres distintos, eso sí, más grandes que ella.
Un día me invitó a tomar mate a la casa. Recuerdo bien que ella tenía puesto un pantalón deportivo y una remera. Estuvimos tomando mate un rato; ella estaba acostada en el sofá, y yo en una silla, enfrente, cebando el mate.
Empezamos a conversar de sexo, y yo estaba sumamente nervioso.
Se ve que ella empezó a calentarse y se metió una mano por abajo del pantalón y se tocaba. Yo le dije que por qué hacía eso y ella me dijo que era porque yo no le hacía nada. Le dije que no me animaba porque nunca lo había hecho, y entonces ella se paró, me hizo dejar el mate y me llevó a la cama, donde me enseñó la mayoría de las cosas que hoy se.
Cuando quise acordar estaba desnudo sobre su cama y ella chupando mi aparato como una loca. Les aseguro que me hizo doler la fuerza con la que lo hacía, pero después de un primer momento ni cuenta me daba del dolor.
Acabé en su boca y se lo tragó todo, cosa que me llamó la atención. Luego se desnudó, se arrodilló a ambos lados de mi cabeza y me dijo que se la chupara. Luego de un tiempo de hacerlo, ella comenzó a agitarse como loca, por lo que hoy me doy cuenta que tuvo un orgasmo.
Lejos de terminarla ahí, me la comenzó a chupar nuevamente, y se me puso dura enseguida. Quiso subirse arriba mía, pero yo no me animé y le dije que se acostara. Me puse sobre ella, y con su mano introdujo mi verga en su cuevita. Empecé a moverme como un condenado y acabé enseguida.
Esa vez aprendí lo básico, pero Estela se encargó, en encuentros posteriores, de enseñarme muchas cosas que posteriormente les contaré.