- ¡Oh, cariño, así, así! ¡Qué me haces, oh, cómo me pones! Y la mujer empezó a gemir tan arrebatadamente que era como si cada acometida del hombre le derritiese un poco más las entrañas. El hombre jadeaba sobre ella. Tenía el cuerpo bañado en sudor. Estiró la mano, pulsó un botón del mando a distancia y la máquina sexual perfecta que tenía debajo se paró de repente emitiendo un vagido, como si el espíritu que la animaba hubiera sido expulsado a presión a través de alguna válvula camuflada.
Se apartó de aquella masa informe de sucedáneo de carne femenina y se tumbó sobre la espalda. Estaba exhausto, después de horas de inútil esfuerzo. Llevaba ya demasiado tiempo encerrado en aquella nave, demasiado tiempo perdido en el espacio, y las prodigiosas técnicas sexuales de su único juguete ya no le proporcionaban suficiente estímulo.
Cerró los ojos y le vino a la mente un recuerdo, el de una excursión familiar al lago cuando era poco más que un niño. La amiga de su hermana. Comenzó a acariciarse el pene, que dejó de encogerse. No recordaba cómo se llamaba. ¿Vanessa, tal vez? Le parecía la chica más maravillosa que pudiera existir, pero era mayor que él y, simplemente, no le veía cuando miraba en su dirección. Después de comer las dos amigas encendieron la radio del coche y se pusieron a bailar. Estuvo mucho rato mirándolas saltar y reir, emocionado hasta el temblor. Empezó a sonar una balada. No había ningún otro chico. La amiga de su hermana mecía la cabeza con los ojos semicerrados, transportada a algún paraíso de amor privado. Dudó durante unos instantes que le parecieron eternos. Estaba agarrotado, y por un momento le aterró la posibilidad de que acabara la canción antes de que él se decidiera. Pero se atrevió a levantarse, finalmente, se acercó hasta ella y la invitó a bailar. Todavía recordaba con exactitud la mirada que ella le dirigió, entre sorprendida y divertida, y cómo demoró la respuesta, jugando a alimentar su atroz incertidumbre. Ahora sí que estaba excitado. Comenzó a sacudirse con energía. Ella hizo un leve movimiento con la barbilla, abrió los brazos y se dejó caer teatralmente sobre él. El impacto blando de los pechos. El roce de los cabellos de oro en la mejilla. La presión de su muslo contra el de ella. Y la nariz, que llegó a profundizar entre el cabello rastreando la intimidad de la chica y pudo llenarse de un perfume suave, un olor delicado a flores, un aroma cálido, acogedor... El chorro brotó con tanta fuerza que le impactó en el ojo, después de sobrevolarle el vientre y el pecho.
Pero no le importó lo más mínimo ser víctima de un accidente tan ridículo, porque al fin se había elevado por encima de la soledad y recuperaba las sensaciones de los viejos tiempos de la felicidad simple, e incluso conseguía, qué cosa más extraordinaria, culminar ahora lo que nunca había culminado, gozar ahora de lo que entonces no osaba atreverse a gozar.