Yo me negaba rotundo. Ella igualmente. Somos médicos los tres. Ella es una mujer que por lo menos a mí, me encanta, de porte distinguido y elegante aunque no es el mujerón que a todos los hombres nos gusta y se nos antoja. Es de piel apiñonada, lindos ojos negros y una sonrisa encantadora. Su rostro, sin ser muy bello, es muy atractivo. Su cuerpo es distinto a las grandes mayorías. Tiene la figura de las antiguas reinas europeas. Está casada con Max, compañero mío desde la escuela y por supuesto en la facultad de Medicina, buen amigo al que nunca supuse que fuera a actuar como lo hizo. Tenía seis años de casado con ella; trabajábamos en el mismo hospital y a las mismas horas, lo que hacía que estuviéramos en contacto continuamente y por lo mismo, fuera de que ella pasaba cerca de mi sin que yo sienta nada en especial, como no sea el respeto natural a la mujer y a su matrimonio y a su esposo, no pasa algo más. Una tarde, Max me sorprendió mucho. Me invitó a tomar una copa y fuimos solos. Estuvimos charlando un buen rato mientras yo lo sentía inquieto, como que algo quería decirme y no podía. Me paré con la intención de ir a orinar, cosa que hice en el tiempo normal. Volví a la mesa donde estábamos y lo encontré sentado muy relajadamente con un brazo sobre el respaldo de la silla vecina y con la pierna cruzada.
Nada más me acerqué y me dijo: “Oye, te quiero hacer una invitación a la que espero que no te niegues” Me dijo que hacía varios años que tenía la fantasía de ver como alguien se cogía a su esposa estando él presente. Me quedé helado y le pregunté que cosa opinaba ella de eso. Contestó que ya lo habían platicado varias veces y que ella finalmente había accedido pero con la condición de que fuera con alguien conocido que a ella le pareciera bien. Me pareció un requisito muy obvio venido de una mujer fina y elegante con ella.
“Y, bien…” le dije yo. Me contestó que ese alguien tenía que ser yo, que ya ella estaba de acuerdo, a lo que yo de inmediato me negué y le dije que como se le ocurría semejante barbaridad. Comenzó a hablar en todos los tonos posibles, rogó, suplicó, exigió, etc. Finalmente recurrió al chantaje y me chantajeó, por lo cual no me quedó más que aceptar, aunque debo confesar que se me hacía muy feo cogerme a una señora con la que había trabajado tanto tiempo, y además esposa de un compañero y amigo de toda la vida, pero por otra parte me entusiasmaba mucho tener la oportunidad de follar con ella pues siempre me había gustado mucho su manera de ser y ella en sí. Accedí e hicimos un trato para vernos el fin de semana en su departamento para cenar y luego actuar, lo cual así se hizo. Cenamos muy sabroso y ella, ya de acuerdo con lo que iba a pasar, dado su carácter y su feminidad, su educación, guardaba silencio al respecto. Finalmente, Max abrió la boca y dijo que había llegado el momento. Yo noté durante la cena una tratamiento especial de ella hacia mí, y lo identificaba con lo que sucedería unos minutos más tarde. Sin más trámite, Max le pidió a su esposa que se desnudara a lo que ella accedió pero con visible vergüenza por el extraño ante el cual se quitaría la ropa. Esos momentos para mi fueron hermosos, ver como al irse abriendo la falda de un vestido camisero iban surgiendo sus blancos muslos, sus calzones, un ombligo delicioso pequeñito, su sujetador, prendas ambas muy blancas. En seguida se quitó el sostén y surgieron un par de tetas hermosas en su punto, ni grandes ni chicas, con unos pezones de aureola pequeña tirando más a rosaditos que a café. Se bajó los calzones y lo primero que emergió fueron sus vellitos del pubis, muy chinitos y muy negros. Se dio la vuelta para colocar su ropa sobre una silla y bueno. Tiene unas nalgas hermosas, planitas pero muy bien formadas. Nunca me imagine tener a una reina desnuda frente a mí.
Nos encaminamos hacia la recámara. Max exigía que todo fuera más rápido, de modo que me dijo en tono imperativo que ya me la cogiera y que tenía que ser por el ano. Yo estaba vestido totalmente todavía. Casi me arrancó la ropa él y ella estaba echada en la cama jadeante y sudorosa. Max trajo un poco de vaselina para untarle en el ano y yo me puse en el pene que ya estaba más que parado. Poco a poco se lo fui metiendo mientras ella jadeaba hasta que quedó todo adentro y con el mete y saca, mis testículos chocaban sobre su vagina lo cual la hacía jadear más. Estaba yo muy concentrado en lo que yo sentía y ocurría con aquella mujer que siempre me gustó y que nunca me imaginé cogérmela, cuando Max se acerca y me acaricia las nalgas. De inmediato me hice a un lado al punto que la verga se me salió de ella. Max me obligó a penetrarla de nuevo pero ahora por la vagina. Como el pene había quedado un poco sucio pedi ir al baño a lavarlo para penetrarla con seguridad por la vagina. Ella asintió, pero Max sacó unos pañuelitos de papel y exigió que lo limpiara que no perdiera el tiempo. Yo noté que ya se había quitado la ropa y solo estaba en calzones, lo atribuí a que hacía calor y que el ambiente estaba mucho más cálido. La penetré por la vagina una vez que ella tomó mi pija y se la acomodó de modo que dejó la punta del glande a la entrada y sentí el calor de su cuerpo muy excitante. No olvidaba yo sus ricas nalgas tan bonitas. Estaba de nuevo en lo que estaba haciendo cuando volvió Max a acercarse luego de un rato que estuvo viéndolo todo, las caras de los dos, oyendo los ricos gemidos de ella. Volvió a tocarme las nalgas en un plan casi de afecto y se siguió hasta mi ano, lo cual me molestó mucho y me hice a un lado. Él pidió perdón y me incitó a continuar cuando ella acababa de tener su primer orgasmo. Volví a meterme pero ahora estando ella boca abajo y yo en cuatro patas. Al momento de que me tocó el ano me había puesto un lubricante que yo de momento no sentí, de modo que cuando más descuidado estaba y a punto de un orgasmo, me penetró y con tanta violencia, sin esperar a nada, que me rasgó. El dolor fue intensísimo y el grito terrible. Ella se asustó pero me pidió que siguiera porque estaba por acabar y los empujones que me daba él a mi hicieron que ella tuviera su orgasmo al mismo tiempo que yo el mío, como nunca de intenso y de largo. Mi orgasmo vino cuando sentí en mi entraña el chorro caliente del semen de él. El orgasmo me encantó, pero el que haya abusado tan de mala fe conmigo fue causa de que de una vez para siempre la amistad se acabara y hasta de trabajo y de ciudad cambié yo, todo lo cual me he guardado por años, pero sentía la necesidad de contarlo como para descargar eso que es demasiado peso para mi pecho, esto sin contar con que sangrante del ano ella me atendió con verdadera caridad y muy mortificada por la actitud de su marido.