Estrellas Porno
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La colimba. 18 años. El Teniente del soldado. Hice la conscripción a los 18 años. Ya me había cogido algunas minitas y a una novia que me había durado como dos años. De varones solo había tenido algunas pajas en común con los peones y una vez con el mayordomo en el medio de los veranos, que pasaba en el campo. Como yo era medio pariente del dueño creo que me respetaban y entonces todo quedaba en pajas, pero entre ellos bien que se le acomodarían uno al otro, era seguro. Las putas con las que cogí no me enseñaron nada, porque las putas solo quieren que largues pronto la leche para cobrar. No lo aconsejo a nadie. Pero con mi noviecita sí, ella me enseñó de todo, aunque no fue porque supiera mucho sinó porque lo fue sabiendo conmigo, y parecía que estaba como unos segundos antes que yo en el tiempo y entonces se daba cuenta de cosas de las que yo me iba a dar cuenta de todas maneras, pero que quedaban a la final como si hubiera sido ella las que las descubría, como cuando se dio cuenta de que yo tenía mucha sensibilidad en las tetillas. Ella se calentaba mucho cuando yo le trabajaba las suyas, que eran bien de pezones de guacha y eso la hacía acabar enseguida, una o dos veces, y es normal para una guachita como ella, bien minita refiel de su macho, y a la tercera acabada de ella yo le largaba la leche que se me había acumulado en los huevos. ¡Pero que yo me calentara con mis tetitas...! No sé como lo descubrió, pero una día me encontré con la cabeza echada para atrás sobre unas chapas de zinc, con ella mordiéndomelas y yo con la verga como un palo entre las dos patas bien abiertas como si fuera una mina con poronga y huevos. Por eso lo del teniente me agarró por sorpresa y caí en sus garras. Tengo muy buen cuerpo de tanto andar a caballo y jugar al waterpolo, deporte bien de mierda y bien sucio si los hay, pero bien cabrero y masculino y que me llenó de violencia y músculos, me parece que más que montar. Pero no dejaba de ser un pendejo, aunque fuera alto y fornido, pero pendejo al fin, mientras que el teniente, con el polo y el box, se había creado un cuerpazo de 24 años que mostraban sus 6 años más de macho que el mío. Había un gordo negro hijo de puta, que era bien hijo de puta no por ser suboficial sinó por ser hijo de puta previamente a ser milico, que me miraba con ganas, pero yo como buen pelotudo no me daba cuenta, y cuando el teniente andaba por allí y miraba como nos bailaba a doce de la compañía mientras el milico se tocaba la verga de mierda mirándome a mí y a un putito que se caía de tan puto se reía por lo bajo el teniente, y me miraba él también pero solo a mí y no al putito y se acariciaba los huevos. Hay suboficiales cojonudos y que son muy gente, como uno que será motivo de otra historia que ocurrió unos dos años después de lo del teniente, pero este pelotudo era feo, mal parido, y gordo. Una verdadera mierda, pero evidentemente el teniente miraba como el turro se calentaba conmigo y con el putito y él se calentaba conmigo y me mostraba el bulto. Pero nunca pasó de allí, y cuando los días de salida la jermu lo venía a buscar y nos cruzábamos en el patio de maniobras donde se cruzaban todos los flacos, el hijo de puta miraba a mi novia mientras le tocaba el culo a la jermu y después me miraba a mí y se tocaba el bulto. Mi novia ya había descubierto que yo me calentaba cuando me tocaba las tetitas ella a mí y entonces también en público la hija de puta me las rozaba como podía con algún palo o con algo, y como que siempre estoy al palo, me toquen o no me toquen, el palo se me ponía más duro cuando me rozaba. Un día me dice un milico que el teniente me necesita en el casino de oficiales. El lugar era medio sagrado, como las celdas de los curas de arriba de la iglesia del colegio donde fui hasta los 17 donde no se podía entrar de ninguna manera porque estaba recontra prohibido, seguro sería por el miedo de que que se arme quilombo con algún cura puto que se cogía algún alumno. Y el casino era medio así. Algo debíó pasar algún día y todos se cuidaban mucho de entrar y de llevar alguien. Como a mí me habían llamado entro como si nada y me dicen en la entrada - firme este libro, su teniente lo va a tener como asistente-. Me dicen que lleve una par de botas de montar y una pila de toallas limpias al cuarto número 24. Camino por el pasillo y me encuentro con la puerta semiabierta, golpeo y el teniente la abre, medio en pelotas, con un boxer que mostraba todos los pendejos que se continuaban hasta el pecho. Era bien peludo el hijo de puta. Tire la toallas, soldado. Si mi teniente. Y ahí no más, sin decir "a" cierra la puerta con tranca, me empuja contra la pared empujándome con las dos palmas contra los hombros, me levanta la camisa de fagina y me la abre de golpe y en un instante me agarra las tetillas con los dedos pulgar y índice de cada mano. ¡Qué hijo de puta! Quise zafar y le tiré un rodillazo a los huevos pero me dio un bife con una mano grande y pesada que me agarró la oreja izuierda hasta la boca, me encerró bien contra la pared y acercó la cara a la mía, sentía su aliento, era un poquito más alto que yo. Vas a a ser mi puta putito. Quise zafar de nuevo pero me tenía inmovilizado, además el olor a macho que tenía me recalentaba. Lo quería matar pero estaba con la verga tan dura como la de él. Se le había salido de los boxers y me la frotaba contra la panza mientras la mía le rozaba uno de los muslos que era como un tronco. Me empezó a lamer una de las orejas y a mordisquearla. Yo estaba recaliente pero lo hubiera matado igual y por eso después de dejar que me sobara bien la oreja y el cuello le dí otro rodillazo en los huevos. Ahí si que se cabreó el muy turro. Me arrancó la camisa y en un santiamén me ató boca arriba sobre una mesa grande que había en el medio de la habitación. Quedé con la pija parada con sogas en las muñecas y en los tobillos que me colgaban del borde de la mesa. El muy turro se sacó el boxer, se subió arriba de la mesa, -que ágil era el guacho-, se paró con los dos pies a cada lado de mi cabeza y me empezó a tocar con el pie derecho mientras se pajeaba. A veces cambiaba de pie o se ponía en cuclillas pasándome las bolas por la cara pero sin tocarmela. La exitación que sentía era terrible, con semejante macho haciéndome su puta y yo sin poder sacudirme la verga. Tenía las patas con un poco de olor pero me exitaba más aún, y cuando me acercaba los huevos a mi cara podía sentir el olor del cabrón. Cuando menos lo esperaba bajó un poco más los huevos y mientras me los pasaba por la cara, me agarró las dos tetillas bien fuerte y empezó a tirarmelas para arriba, primero sentí dolor y luego un terrible placer mientras él seguía restregándome los huevos por la cara. En un momento no pude más y ecabé. Los chorros le pegaron en la cara y en el pelo y el hijo de puta se cagó de risa con la leche colgándole. Ahora le acabo yo, soldado- dijo. Se agarró la verga y me empezó a pegar con la verga en la cara, me giró la cabeza y me empezó a dar en el cuello. Sentía ese pedazo haciendo ¡plaf! ¡plaf! Como un pedazo de carne muy caliente hasta que acabó pegándome con la verga en la boca. Quedé lleno de leche. Me desató. Vistasé soldado, me dijo. Mientras caminaba hacia la ropa gritó, -¡espere!-. Me agarró de las caderas y me dio unos chirlos que sonaron como una estampída. Buen culo, soldado, hay que prepararlo bien para que pida mi verga. Le tiré un manotazo con el puño cerrado, a ciegas, hacia atrás. Le dí en la jeta y se puso furioso, me dio vuelta y me encajó una trompada no muy fuerte pero que me dejó atontado. Mientras me reponía se puso atrás me abrió los cachetes del culo. Sentí el aire frío en el ano. Bueno culo soldado, ya lo voy a domar bien, Mientras tanto cójasela bien a su novia, cójasela mejor, y no se olvide de cerrar el pico si no quiere que lo arreste. Medio atontado salí por el corredor hacia la salida del casino. El suboficial de guardia me miraba con cara de estúpido.

escrito por ERTOM
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