EN EL CONSULTORIO MEDICO
En principio, quiero que sepan que el relato que leerán a continuación sucedió en verdad.
Soy ginecólogo y, como sabrán, mis pacientes son solo mujeres de todas las edades. Un día llegó a mi consultorio una señora que tendría unos 35 años de edad, alta, delgada, de piel clara y un rostro muy hermoso, en el cual resaltaban un par de ojos azules y unos labios carnosos. Se le notaba algo nerviosa y, al preguntarle cual era el motivo de su consulta me dijo que su mamá y una hermana suya habían tenido cáncer de mama y que ella quería hacerse un examen de despistaje, para prevenir. Yo le conteste que no había ningún problema para hacerle el examen y le recomendé que no solo se hiciera un examen de mamas sino también un papanicolao para despistaje de cáncer de cuello uterino, lo cual ella aceptó. Le pedí que se desvistiera y que se pusiera una bata, la cual es abierta por detrás, y que se sentara sobre la camilla. Mientras lo hacia, le fui explicando como serian los procedimientos que se le practicarían. Una ves que estuvo sentada, le baje la bata hasta la cintura, dejando al descubierto los senos más hermosos que halla visto, firmes y turgentes, de una piel tersa y blanca, coronados por unos pezones rosados y pequeños. Ella desvió la mirada y se sonrojo y yo, para que se relajara, le fui dando conversación sobre temas triviales. Al ir palpando aquellos senos, mi concentración se fue esfumando, dando paso a unos pensamientos algo libidinosos, mis ojos no se apartaban de aquellos pezones sintiendo las ganas de tenerlos en mi boca. Me quede sorprendido al notar que, por la manipulación de mis manos sobre sus senos, sus pezones se fueron agrandando, poniéndose duros y muy erectos, lo cual aumentó mi excitación y las ganas de estrujar esas maravillas. Ella tenía los ojos cerrados y los labios apretados, su respiración era entrecortada y rápida. Cuando mis dedos rozaron sus pezones, de sus labios salió un leve suspiro, algo casi imperceptible. Tenía las piernas cruzadas y las apretaba fuertemente, como queriendo esconder algo. A estas alturas, yo tenía una erección que era difícil de ocultar y, al diablo, yo no quería disimular. Al terminar con sus senos, le pedí que se acostara y que pusiera las piernas sobre unos aparatos especiales, lo cual las mantendría separadas y muy abiertas, permitiéndome sacarle su papanicolao con comodidad. Ella así lo hizo, mostrándome su sexo, que se encontraba mojado, demostrando que mis manos habían causado que tuviera un orgasmo con el simple hecho de tocar sus senos. Ya no me pude aguantar y, al tenerla en esa posición, con su sexo depiladito a mi merced, me agache y le di un beso, probando sus jugos. Sabía que ponía en riesgo mi carrera pero las ganas de poseer aquel cuerpo eran más grandes que no me importó nada. Yo esperaba que rechazara esa caricia pero entonces sentí sus manos sobre mi cabeza, apretándola sobre su sexo, invitándome a disfrutar de sus maravillas. Mi lengua se movía con frenesí sobre su clítoris duro y rosado, lo cogía entre mis labios y lo jalaba, produciendo que ella diera gemidos de placer, introducía mi lengua dentro de su vagina y absorbía todos sus fluidos, sentía que sus piernas se iban apretando en torno a mi cabeza y las puso sobre mis hombros. Tuvo un prolongado orgasmo. Me separó de su cuerpo y se levantó, mirándome fijamente a los ojos se terminó de sacar la bata, mostrándome la belleza de su cuerpo. Se fue acercando lentamente hacia mí sin decir palabras, me abrazó y me dio un beso. Su lengua se introdujo profundamente en mi garganta, explorando con avidez la calidez de mi boca. Mis manos exploraban su cuerpo, tenía la piel suave y tersa, sus glúteos eran duros y firmes, grandes y redondeados. Me cogió de la mano y me hizo sentar en la camilla. Con destreza me despojó del pantalón y de mis interiores, saliendo de su encierro mi órgano viril, duro y palpitante. Ella lo acarició con sus manos y se lo llevo a la boca, dándole un beso en la punta del glande y pasándole la lengua alrededor para, finalmente, introducírselo hasta el fondo, en una mamada de campeonato, subía y bajaba su boca rápidamente, succionaba con fuerza haciendo que mi excitación fuera en aumento, hasta que, en un intenso orgasmo, eyaculé dentro de su garganta, nunca había eyaculado tanto pero ella se lo trago todo, sin desperdiciar ni una sola gota. Cuando pensé que eso sería todo y que ya habíamos terminado, ella me tendió sobre la camilla y se subió encima de mí, mi pene aun estaba duro y sentí como ella se introducía lentamente, mis manos se posaron sabre sus nalgas. Sus movimientos eran lentos al principio, en forma circular, cadenciosos hasta llegar a una cabalgada frenética, sus senos se movían al ritmo de su cuerpo, me incorpore un poco y mi boca voló hacia sus pezones, chupándolos con fuerza, jalándolos, sus gemidos llenaban el consultorio hasta que, simultáneamente, llegamos a otro orgasmo, llenándole de semen su vagina. Ella se echa sobre mí, relajada y nos empezamos a besar, dulcemente al principio, mis manos se posaron sobre sus nalgas y mis dedos empezaron a jugar con su ano, introduciendo uno de ellos poco a poco. Sentí que me venía otra erección y la idea de poseerla por atrás fue apoderándose de mí. Así, lentamente le fui introduciendo otro dedo pero ella me detuvo, diciéndome que nunca se la habían hecho por ahí y que era doloroso. Yo le dije para intentarlo y al primer signo de dolor me detendría. Accedió con esa condición. La puse en la posición más cómoda para poder introducirle mi pene dentro de ese orificio que me imaginaba muy estrecho. Con mis dedos saque un poco de jugos de su vagina para lubricar su anito, y le coloque la punta de mi pene. Ella, al sentirlo y en un acto reflejo, ajusto su orificio, impidiendo que la penetrara. Le dije que si hacía eso le dolería más, que se relajara y que todo iba a ir muy bien. Al segundo intento no le di tiempo a pensarlo dos veces y, de improviso, le empuje mi pene hasta que entro solo el glande. Ella reprimió un grito de dolor y me pedía que se lo sacara, las lágrimas se escapaban de sus ojos, pero tanta era mi excitación que la promesa de detenerme al primer signo de dolor pasó a segundo plano. Ese culito iba a ser mío cueste lo que cueste. Tal como lo imagine, su anito era estrecho y apretaba mi pene fuertemente. Le pedí que se relajara, que ya no iba a doler, que lo peor había pasado y que lo disfrutara, entonces, lentamente le fui introduciendo el resto hasta tenerlo todo adentro de ella. Empecé a moverme lentamente, dándole tiempo a su ano a que se amoldara a mi pene, se lo sacaba y metía profundamente, el calorcito que sentía era de lo más excitante, mis movimientos fueron haciéndose más rápidos y sostenidos, ella ya no lloraba, solo aguantaba mis arremetidas contra sus nalgas de la mejor manera que podía, hasta que poco a poco fue moviéndose al ritmo que yo le dictaba, parecía que empezaba a disfrutarlo, empezó a suspirar, sus gemidos no se hicieron esperar, pedía que lo hiciera más rápido y fuerte, que no me detuviera, que era la experiencia más excitante de su vida. Yo así lo hacía hasta que en un orgasmo le llené su culito de semen, ella también tuvo otro orgasmo que fue el más largo de todos.
Nos aseamos y vestimos y, al despedirnos, ella me dijo:
- Te espero en casa, no demores.
¿Ya lo han adivinado?. Sí, era mi esposa.