Estrellas Porno
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Y me quedé solo, sentado en un sillón de terciopelo rojo, con las manos algo sudadas apoyadas en los posamanos de madera antigua, que crujía sólo con mirarlos. Aún no quería salir de mi confesionario para quitarme la sotana que ya empezaba a molestarme, era hora ya de cerrar los portones de la casa del Señor, así que, contra mi voluntad, me incorporé, abrí las pequeñas puertas de hierro del confesionario y mientras me estiraba la arrugada sotana, llegué hasta uno de los portones.
Con la mano izquierda apoyada, la otra levantaba ese gran cerrojo del suelo. Cerré una de las dos puertas gigantes de madera blindadas que tanto dinero había costado a la iglesia instalarlas. Justo al cerrarla, me dejé llevar por el agitado ruido de la Gran Vía, alcé la vista, y me quede contemplando como bullía la vida ciudadana.
Balanceándome sobre mis pies y con las manos recogidas en la espalda, me quedé cierto rato pensando en mis cosas, ensimismado, no sé cuanto estaría así, hasta que un saludo me trajo de vuelta a la realidad: “Buenas, Padre...”; al que contesté asintiendo mi cabeza levemente. Volví mi mirada hacia la puerta que me quedaba por cerrar, así que repitiendo la misma operación que en la anterior puerta gigante, encajé el cerrojo oxidado, cerrando la entrada hasta el día siguiente.
Sobre la alfombra roja que llevaba hasta mi altar, dirigí mi vista hasta el banco donde se sientan los componentes del coro, y fui hasta ahí. Cegado con el olor a perfume masculino que todavía estaba presente, en el primer banco a la derecha, me senté, y recordé la primera vez que olí ese perfume, desde entonces anduve buscándolo en las perfumerías hasta dar con él. Desde entonces, siempre ocupa espacio en mi coja y solitaria mesita de noche.
Era tarde ya, cuando miré mi reloj me di cuenta que me faltaba rezarle a Jesús antes de acostarme, así que me levanté del perfumado banco y llegué hasta mi altar. Arrodillándome ante Jesús crucificado, le di las gracias por otro día más, mirándole a los ojos fijamente volvía a sentir que me transmitía fuerzas para el día siguiente y le pedí (como todos los días hacía) que me apartase de todo pecado, especialmente el pecado carnal que últimamente rondaba demasiado por mi cabeza.
Cuando abrí mis ojos al terminar de rezar, besé los pies de la imagen de madera y me puse en pie, dirigiéndome hasta un pequeño vestuario que me servía para cambiarme de sotanas y ponerme mi pijama. Necesitaba un buen baño ya, pero nunca tenía ganas de ir a casa de mi hermano, nuestra relación nunca fue buena, para él nunca fui un hermano, no puedo explicar bien lo que significaba para él, ya que nuestras conversaciones eran escasas. Sólo por ofrecimiento de su mujer, iba a asearme algunas mañanas a su casa, siempre y cuando él no estuviese o bien estuviese acostado. Para evitar miradas y roces. Jamás comprendió mi situación, y ni siquiera hacía un esfuerzo por comprenderla. Había días que mis sobrinos venían con un comentario distinto que habían escuchado de boca de los amigos, o de boca de algún vecino. Comentarios estrambóticos y carentes de sentido y de lógica, dignos de cualquier campesino con menos de dos dedos de frente, y con no más de una ceja. Digo de campesinos por su fama de tener las mentes cerradas, pero cualquier universitario puede tener la mente mucho más cerrada que un campesino sin estudios, refiriéndome a la tolerancia social y a la amplitud de diferencias entre todas las personas. Era un tema que me encantaba debatir muy a menudo, conmigo mismo, claro.
Sólo unas escaleras me separaban de mi camastro, y por el estrecho pasillo, justo antes de subir las escaleras, me agaché para contemplar esa rosa que acababa de nacer. A su lado justamente, había una jarra con un poco de agua aún, así que mojé los dedos y rocié la rosa con las gotas que salpicaban al sacudirlos y me senté a su lado observándola.
“¡Ay! Mi rosa, siendo tan bella y tan bonita, lástima que no sepas escuchar para poder llorarte mis penas”
Y pareció agradecer mi gesto, porque su brillo rosado se hizo aun más radiante.
Viéndome en esa situación tan ridícula, hablándole a una rosa, de nuevo me puse en pie y subí los cinco peldaños que me separaban de mi habitación, por supuesto sin quitarle ojo a mi preciosa y joven rosa.
Una vez acostado en mi claustrofóbico lugar, alargué mi brazo hasta alcanzar el tarro de perfume que me tenía tan enamorado. Recostado, y en la oscuridad, me puse a imaginarme quien podría llevar ese perfume, o a quien podría sentarle bien. Pensé en un joven musculoso pero a la vez sensible, alto, rubio, hermosos ojos azules, nariz respingona... Pronto deseché esa idea, debía de dejar de ver aquellas propagandas de viajes y excursiones que siempre aparecían en mi buzón, tampoco era un perfume para tal proyecto imaginativo.
Así que volví a darle vueltas para dar con esa persona que le sentara bien este perfume, y me llevó de nuevo mi mente a su dueño, a Roberto, el guitarrista del coro. Sin duda él era el dueño perfecto para ese perfume, no sólo porque era su dueño real, sino porque parecía que el perfume se lo hicieron a medida. Él era perfecto. Evité pensar en él de nuevo porque siempre acababa las noches de la misma manera, y al final acababa soñando con su imagen.
Siempre supe que él era el hombre que quise tener siempre a mi lado, despertarme con la certeza de que él estaría conmigo toda la vida. Era el hombre que quisiera tener ahora mismo rodeándome con sus fuertes brazos, sus cabellos tan negros como el azabache junto a mi rostro, para poder oler, sin inquietudes y hasta hartarme, su fragancia.
Tantos pensamientos me trajeron una fuerte erección, que controlé rezando de nuevo a Jesús. Era una situación desesperada y agobiante que noche tras noche me sucedía sin descanso, noche tras noche, en un principió pensé en masturbarme, era una idea que rondaba mi mente desde que conocí a Roberto, una buena masturbación como no hacía desde mis tiempos mozos con Roberto en mi mente. Esa noche, estuve a punto, más que nunca, de llevar a cabo mi idea, pero la fe en mi señor y en el catolicismo era mayor que mis sentimientos. Por ahora era mayor, aunque cada noche, no mucho mayor...
Desperté y me noté mojado, mentalmente culpé a Roberto, me había vuelto a pasar.
De nuevo un día más duro que el anterior y el doble de duro que el de hace dos días, iba a suceder hoy, como iba siendo habitual, cada día era un infierno un poco más inmenso, un querer y no poder, una lucha incesante entre la realidad y el deseo.
Hoy era especial, como todos los martes y jueves el coro venía a ensayar sus cantos a mi iglesia, me levanté como todo niño que espera ver sus regalos de reyes, y levantaba un poco la persiana para ventilar mi pobre habitación. Aún mojado, me senté en mi cama, podía notar a mis sentimientos riñendo entre ellos, de nuevo la razón y la sinrazón hacían de mi cuerpo un fenomenal campo de batalla. Al bajar por las escaleras le di los buenos días a mi rosa, y me dirigí a mi pequeño vestuario, busqué una nueva sotana y una nueva muda, y allí mismo me cambie de ropa para afrontar el gran día que me aguardaba. La misa me esperaba, tenía que dar misa a las once, pura rutina.
Terminé de almorzar a las cuatro y media, hasta las cinco me parecía interminable, así que me recosté sobre mi silla incómoda mirando pasar a la gente por la ventana, miles de caras distintas, de formas distintas y pensamientos distintos, por eso me gustaba mirar el bullicio.
Miraba mi reloj, lo mismo que deseaba verle deseaba también no verle; así que cuando eran las cinco en punto, escuché retumbar las primeras voces en la iglesia. Pasé como una exhalación por el vestuario hasta llegar a mi altar, y disimuladamente miré a donde estaban situados los bancos. Mis pasos acelerados llamaron la atención a los chavales que miraban hacia donde yo me había parado, justo frente al altar, y revisaba las páginas de la Biblia sin saber que leía. Sólo era para que no pensasen nada extraño.
Desde mi posición, observaba cómo se sentaban los primeros en llegar, pero no veía a Roberto. Me fui hacia donde estaban ellos preparando sus libretos y me senté en uno de los bancos, justamente donde tenía que sentarse Roberto.
Les pregunté si vendrían todos hoy, a lo que me respondieron afirmativamente.
Me quedé en el banco callado, vinieron la mayoría de los chavales y pasó un cuarto de hora infinito hasta que vi aparecer a Roberto.
Entró guitarra al hombro, y se sentó justo delante de mí. En dos bancos que están puesto uno frente al otro, sin querer mi mirada se cruzaba con la suya aún sin proponérmelo.
A su saludo, me vino de nuevo ese olor a su perfume, tan profundo como su mirada, y a la vez era una fragancia tan suave como sus lindas manos que ahora mismo afinaban las cuerdas de su guitarra.
Sus grandes ojos azules se clavaron de repente en los míos, y me sorprendió mirándole de forma descarada, pero lo que aún fue más patético, es que me pillara con la boca de par en par abierta. Yo la cerré de inmediato, relamiéndome un poco los secos labios, desvié la mirada a la esquina contraria al banco. Después de ese ridículo, me puse en pie delante de todos.
“Ejem... Buenas tardes a todos, hoy ensayaremos el “Hosanna” y el “Ave María”, quiero profundidad en los tonos. Esmeraros hoy un poco, ¿de acuerdo?”
Asintieron con la cabeza y leyeron los textos, en voz baja, comenzaron los primeros comentarios entre ellos. Pacientemente, esperé que mi idolatrado corista diera su punto de vista sobre las canciones como hacía siempre, hasta que posó sus ojos en los míos y me preguntó en voz muy grave: “Padre, necesito que me confiese hoy, después de ensayar si no le es mucha molestia y le parece bien”. “De acuerdo, no tengo nada que hacer luego.” Contesté con una facilidad pasmosa que jamás hubiera pensado que pasara tratando con Roberto.
Estaba a menos de una hora para escuchar las más íntimas cosas de mi deseado corista. Cosas que más que nunca guardaría en un celoso secreto, secreto profesional...
Mi mente es bastante inquieta, y bastante retorcida, imaginé situaciones que nunca se darían, en primer lugar porque creía que era heterosexual, y en segundo porque yo seguía los pasos del señor, y no debía hacer caso a las provocaciones de la carne, y menos si venían de mi mismo sexo... ¡Que locura!. Aunque porqué negarlo, era una locura bastante deseada.
Llegó el momento, hice pasar a Roberto a un lateral de la nave, donde se encontraba mi confesionario. Abrí mis pequeñas puertas de hierro y me senté de nuevo en mi sillón de terciopelo rojo, aguardando la ubicación de Roberto en una de las finas paredes de madera con pequeños agujeros que me servían para contemplar la figura de la persona que se confesaba conmigo. Estaba deseoso de escuchar a mi amado, de sentir su aliento a través de esas pequeñas aberturas.
Mientras se arrodillaba al otro lado de la pared, yo aguardaba impaciente sus primeras palabras:
- Ave María Purísima-, dijo dejando patente el nerviosismo en su voz.
- Sin pecado concebido. Hijo, cuéntame tus inquietudes... - Deseaba escucharlas.
- Padre, estoy muy confuso. Hasta ayer por la noche creía conocerme, creía conocer mis preferencias. Pero estaba muy lejos de esos pensamientos, muy lejos de conocerme.- Le siguió una breve pausa, quizá esperando mi respuesta.
- Eso ocurre en muchos jóvenes, por no decir a todos ellos, Roberto. Incluso yo a mis cuarenta aún no sé lo que verdaderamente quiero querer y escoger-
- Verás Padre, no es eso, le explicaré con detalles si usted me lo permite- A lo que asentí. – Anoche se quedó a dormir en mi casa uno de mis mejores amigos, todo iba bien, teníamos alcohol suficiente y bastantes películas porno. Bebimos hasta emborracharnos, hasta no poder levantarnos del sofá. Disfrutábamos de una de esas películas. Bueno, más bien disfrutaba mi amigo, yo sólo miraba la pantalla y no me notaba excitado ni animado. En la pantalla veíamos como una mujer y un hombre practicaban sexo oral. En un lance de la escena, mientras la cabeza de la mujer se paraba, y en una brusca acción, el hombre la tira de espaldas y la rechaza. Ésta salió de la escena mientras que entra un hombre... Miré a mi amigo, él se masturbaba como un poseso y tenía ojos solo para la televisión- Paró para coger algo de aire, su voz era más tranquila y parecía haber tomado más confianza con su confesor.
- En principio culpé a la bebida, quizá era verdad eso que el alcohol producía impotencia. Lo cierto es que la pantalla de repente para mí tembló. Esos dos hombres que hablaban de pronto no lo hacían, en su lugar, uno de ellos se postró de rodillas ante él, y desabrochándole la bragueta, sacaba su miembro y comenzaba a succionarlo- Se paró, quizá por el cariz que tomaban las palabras, sus palabras.
- Continúa hijo, continúa- Me mataba la curiosidad, además, notaba una erección visiblemente palpable en la sotana, para mi era una situación limite. Comenzaba a calentarme con aquella confesión, pero si notaba mi calentamiento, dejaría de contarme su experiencia, y además sabrá Dios lo que pasaría al descubrirme en ese estado. Comenzó de nuevo a hablar.
- Mi amigo me miró sorprendido al ver tal situación, se volvió hacia el otro lado del sofá y cogió la carátula de la cinta. La observó, mientras yo miraba sorprendido también la imagen tan desconocida para mí. Cierto es, comencé a animarme, y mi pene comenzaba a crecer bajo mi incredulidad, no me podía creer lo que me estaba pasando. Entonces mi amigo, carátula en mano, me miraba bastante más sorprendido que antes, me preguntó si la había alquilado yo, a lo que respondí con un sí muy inseguro. La dejó caer en el suelo y me dijo: “Haberlo dicho antes...”.
Llevó mi mano hasta su pene, e hizo que se la agarrase. Él guiaba con sus manos a la mía, llevándola hacia arriba y hacia abajo, cada vez más rápidamente. Hasta que mi mano aprendió a hacerlo sola... –
Debía estar bastante incómodo, porque interrumpió su descarado relato para mover sus rodillas buscando otra postura. Yo, sin embargo, notaba un gran bulto bajo mi sotana que ya no soportaba, y casi sin pensármelo, levanté con disimulo la sotana con la mano derecha (la mas alejada de la pared donde se confesaba Roberto) y me bajé la cremallera del pantalón. Cuando agarré mi polla noté un inmenso alivio, no pensé en que era un cura, en que lo que estaba haciendo era inmoral. Comencé a masajearme, su perfume inundaba mis fosas nasales.
- Entonces, Padre, él comenzó a acercarse más a mí, y como notó que estaba mi pene erecto, me bajó el pantalón y lo agarró con ambas manos, posiblemente debido a sus dimensiones. Me miró y agachó su cabeza, metiéndoselo todo en su boca. Notaba un calor placentero, y me gustaba mucho. Yo aún seguía masturbándolo con énfasis agitándole su aparato cada vez más rápido. Ese momento fue glorioso, fantástico. Podía sentir los gemidos de placer resonando en mi pene. El caso es que disfrutaba como nunca, y me di cuenta que mi primera relación inimaginable con un hombre no sería la última. Sé que no está bien, y que mi religión éso no lo permite... - Paró para coger aire – Casi sin darme cuenta, mi amigo se había levantado y se había desecho de toda su ropa, quedándose desnudo delante de mí. Su pene apuntaba hacia mi cara, y sus manos me agarraron las dos mejillas. “Ahora te toca a ti”, y mi boca lo recibió encantada... -
Yo sentía que explotaría, mi masturbación era más alocada, ya habría tiempo de arrepentimientos. Me imaginaba que era yo su amigo, y que en este instante era él que me chupaba la polla. Qué maravillosa imagen, nunca había disfrutado tanto en mi vida. Era tan real mi fantasía, que no supe cuantos minutos estuve sin decir nada, hasta que Roberto hablaba en un tono más alto:
- Le he preguntado Padre, que si hago bien en contarle ésto, porque a mí me cuesta mucho decirlo, pero a la vez me desahogo. Imagino que ésto no le sentará bien, pero sé que eres la única persona que guardaría mi secreto.-
- Continúa hijo.- Dije carraspeando ligeramente.- Puedes continuar desahogándote.-
Dentro de mi calentura, deseaba que siguiese en su relato. Nunca pensé que estaría en esta situación. Nunca pensé en estos momentos, pero ya que los estaba viviendo, bienvenidos sean. Ansiaba hacerle pasar a mi confesionario y que hiciese lo mismo conmigo que con su amigo.
-Pues bien, mi amigo me instó a levantarme yo también, y de sus pantalones tirados en el sillón, sacó su cartera y la abrió, mostrándome un preservativo. Quizá la mezcla del alcohol que bebimos en demasía, junto a la calentura que nos embargaba, y con las ganas de terminar lo que empezamos, fuera el detonante de que le arrebatase el preservativo, aún sin desenvolverlo, y, con rapidez, me lo coloqué en el pene, mi amigo se subió encima del sofá y se colocó a cuatro patas. Mis manos agarraron su cintura y... bueno, todo lo demás se lo imaginará... -
Se había parado justo en el momento que más esperaba, dejándome con la miel en los labios. Le dije que se esperara varios segundos mientras pensaba su penitencia. Efectivamente, mi penitencia sería bestial, mi mente tan calenturienta en estos momentos me incitaba a pensar en clases de penitencias que le haría pasar. Me lo imaginaba en uno de los bancos de mi iglesia con su culo preparando la llegada de mi polla. Me lo imaginaba también, suspirando detrás de mí, mientras bombeaba mi trasero haciéndome vibrar. Era tal mi deseo, que quise terminar mi masturbación, me puse de lado en mi sillón y busqué desesperado mi ano. Acariciándome con un dedo la entrada de mi ano mientras que silenciosamente gemía de placer como nunca imaginé.
Posiblemente fueran mis suspiros, lo cierto fue que Roberto golpeó con sus nudillos ligeramente la pared de madera con agujeros que nos separaba, y fue justo en el momento que explotaba, llenando de semen mis manos, y de estrellitas mi mente.
Fue tal el momento que no tenía voz para contestar su llamada, disfrutaba del momento.
Entré en razón y me disculpé por la tardanza, solo acerté en mi confusión y relajación extrema, en aplazarle su penitencia hasta la noche, con la excusa de que era muy grave el acto que había cometido.
Le metí algo de miedo con mi silencio final, intimidándole en cierto modo. Y le volví a repetir que le quería ver después de la misa de las ocho.
Escribo ésto para dejar escapar a mis sentimientos, para escribir sobre este papel ese gran momento, y plasmarlo, dejarlo para la posteridad: el día que Roberto descubrió que él y yo, éramos gays. Y además, cuando descubrí que concretamente él, mi amor platónico, mi cuerpo deseado, también lo era y estaba a mi alcance. Cada noche acude a mi iglesia y con su guitarra, alegra mi vida cantándome coplillas en mi claustrofóbico dormitorio, noche tras noche, semana tras semana. Ni que decir tiene que en muchos momentos nos solazamos, cuerpo con cuerpo, en los placeres ocultos y en el amor que no osa decir su nombre. En pecado mortal, pero mortal de felicidad.
A veces él me penetra con una pasión que estuviese a punto de explotar. Otras, recibe mi polla en su cálido agujero de su culo fibroso y duro propio de un adolescente bien formado, como si de un David renacentista de tratase.
El motivo por el cual yo cuento mis cosas es para desahogarme yo también, aunque sea con un trozo de papel y un lápiz roto, ya que me era imposible contárselo a cualquier persona por mi condición de párroco; no podré decir abiertamente que amo a Roberto, y que él me ama a mí.
Sabemos que nos es incómodo esta situación, pero nunca hemos pensado en dejar de vernos diariamente. Aunque no creo que para Roberto sea muy agradable andar a escondidas tan a menudo.
Ahora pienso de nuevo en mis superiores, si descubren mi homosexualidad estoy expulsado de mi vocación, pero si además descubren que mantengo una relación, estaré condenado al destierro y a las palabras malditas de los cardenales, de la jerarquía y hasta de la feligresía.
Quizá la iglesia este equivocada, quizá la persecución de lo eclesiástico hacia la homosexualidad sea una persecución de ignorantes contra ignorados, de intolerantes contra intolerados; quizá hubiera que dar gracias al Señor por concebir seres humanos valientes, que confiesan su condición aún sabiendo sus consecuencias sociales, económicas e incluso (en algunos casos) familiares; y porqué no, quizá el propio Jesús fuera homosexual. No en vano Juan era su discípulo amado, el que recostaba su cabeza en el pecho de Cristo. Y, posiblemente, hasta la misma traición de Judas fuese debida a un amor frustrado, vengándose con los tres besos en la mejilla.
El hecho de que la iglesia no avance como avanzan los pensamientos de la sociedad, y no eleven su ancla del puerto del fascismo y de la dictadura, hace que el catolicismo sea visto como un despotismo propio de mentes atrasadas, represivas y anticuadas. La homosexualidad, mi homosexualidad, la creó Dios al crear a los hombres. Si es un hecho divino, ¿Por qué nos persiguen los gestores de la divinidad?.
Cardenales con sus sotanas moradas, bordadas en finos hilos dorados, portando grandes anillos y diamantes en ambas manos, comiendo cada día gracias a los fieles... Qué sabrán ellos del mundo, sin salir ni siquiera de su gran palacio. Qué sabrán ellos de injusticias, de hambres, de guerras...
Ellos solo saben mandar al infierno y condenar, además de prohibir, a aquellas almas que no obedecen sus absurdas leyes y no sucumben ante sus prohibiciones. Aquella alma que siente por sí sola, esa alma que escucha a su corazón, compañero infatigable de su largo viaje, y que vive el día a día en una iglesia en contacto con la realidad verdadera. Aquella alma enamorada de otra alma, que cree que encontró en ella a su complemento ideal.
Espero que mis lágrimas no me impidan continuar, aunque mi tristeza me haya hecho renegar de mis creencias.
En cuanto termine este escrito de desahogo, rezaré a Jesús, aunque creo que Él sabe lo que pienso...

escrito por manel
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