DEFINICION
Por primera vez, en muchos años, sentía el calor de un glande en las puertas de mi ano, hasta ese momento solo me había satisfecho con cualquier cantidad de instrumentos rígidos que no lograban complacerme totalmente en mis ansias de mujer frustrada. Sentir ese calor humano, tibio y suave entre mis nalgas me estremecía de placer a la espera de que mi chico se decidiera penetrarme . El muy marrajo me torturaba empujando y sacando apenas aquella rosada y no muy pronunciada cabeza, la cual me amenazaba con el mayor grosor que asomaba en su parte intermedia. Él, casi con crueldad, me hacía esperar ese ansiado momento en que me hundiría su guevo, mientras yo le manifestaba, entre ruegos y suspiros, mi inquietud por que culminara su anhelada faena:
_Ayyy, si.. ya papi, ya, ya, métemelo, que estoy loca porque me cojas. ¡no me hagas esperar mas, no seas malo...¡dame mi guevooo papiii! no seas malo, quiero mi guevoooo!
Viendo mi desesperación se decidió por fin penetrarme, eso si, con mucho cuidado a sabiendas que era la primera vez que mi culo lo poseía un pene de carne y hueso de ese tamaño en mucho tiempo. Levante mi culo para ofrecerle mis rosadas y firmes nalgas, asi como mi oscura rendija para que su cabeza caliente se adueñara de mi recto, el cual yo le entregaba sumiso para que metiera todo eso dentro de mi, abriendo con mis dedos mi pequeño orificio para su sacrificio. Seguidamente me tomó con sus manos por la cintura y me halo hacia su abdomen para hundir aquel rico trozo de carne morena que momentos antes mis labios habían acariciado como loco. Me sentía entregado y quería que me cogiera con furia, dejando a un lado cualquier complejo, solo quería sentir su vientre golpear mis posaderas y su leche caliente bañar mis entrañas femeninas, porque me sentía toda una hembra y aquel machito iba a consumar lo que sería mi vida de ahora en adelante....toda una mujer feliz de tener marido y el marico que debía haber sido desde hace tiempo.
Cuando tenía doce años tuve mi primer contacto con alguien de mi sexo. Mis amiguitos de la escuela y el barrio siempre me tocaban el trasero e intentaban rozarme con sus miembros cuando podían; siempre me decían que tenía un culito paradito, lindo y redondito por lo que me apodaron “manzanita”; como me acosaban los muy malvados. La verdad es que desde los ocho años me gustaba jugar con mis hermanas y a veces me ponía a escondidas sus pantaletas para ver como me lucían . Yo me peleaba con los muchachos porque me criticaban algunas poses afeminadas pero en el fondo me agradaba que me hembrearan con vehemencia a pesar de que lo disimulaba muy bien, hasta que una vez, Jesús, un vecinito que tenía dos años mayor que yo logro meterme el dedo hasta el fondo en la ocasión que nos bañábamos desnudos juntos en la batea de la casa. Jesús me mantuvo aquel dedito adentro por pocos segundos mientras me maniataba por detrás. Lo amenacé con acusarlo con mis papas y se rió de mí a la vez que insistía en que se lo diera. Desde ese momento mi destino esta trazado.
Pasaron unas semanas de aquel jueguito y nos tocó quedarnos solos en la casa, Jesús practicaba lucha y yo quería aprender ese deporte. El se ofreció enseñarme y yo acepté su proposición. Para comenzar me dijo que debíamos quitarnos la ropa para no ensuciarla y quedamos en interiores. Inicialmente me coloco sobre una colchoneta vieja, que buscó en su casa, para enseñarme la primera llave, y yo, un poco cauteloso, acepté esa y muchas de sus posiciones mientras notaba como su pene se le iba parando en cada forcejeo; a la vez yo comenzaba a tener una leve erección de mi miembro cada vez que me rozaba los glúteos y no quitaba los ojos de su pene la cual se salía de su interior cada vez que dábamos vuelta. En una de esas llaves que me aplicaba quede boca abajo y el, sobre mi, rápidamente me maniato ambos brazos hasta inmovilizarme, por lo que le dije un poco asustado:
_Deja Chuito, asi le decía yo por cariño, que me haces daño.
Yo me quede quieto mientras él, con su otra mano, bajo mi ropa interior dejando al descubierto aquellas nalgas que tanto lo enloquecían. Seguidamente sentí el contacto de la punta de su guevo dirigida al centro de mis expuestas nalgas y apreté mi culo lo mas que pude para que no me lo metiera, traté de defenderme pero era imposible estaba a su merced y ya no tenía otra alternativa...dárselo. En el fondo lo deseaba como una loquita y él no tenía intenciones de perdonar a “manzanita”, me iba a coger el muy malvado a la vez que mi culito suspiraba por aquella lanza implacable que iba a ser mía por fin.
Su pene era delgado pero largo, la penetración no fue tan dolorosa como lo esperaba. Luego que lo metió todo, se quedo tranquilo por un momento besándome con ternura el cuello y la espalda, luego comenzó a mover su cadera en redondo y cuando sintió que se iba a venir comenzó a darle hacia adentro y afuera teniendo un orgasmo enorme dejándolo todo adentro mientras eyaculaba su tibia lechita. Cuando dio por terminada su sesión, lo retiro con cuidado besando mis nalgas y mordiéndolas con delicadeza, generándome un rico escalofrio que recorrió todo mi cuerpo. Yo, en silencio quería reclamarle, pero no podía ocultarlo, yo quería que me cogiera desde el día que me penetró con su dedo en el baño. Nos levantamos y bañamos en silencio y se fue sin decirme una sola palabra. Esa noche no dormí, Al otro día fui a visitarlo y le declare mi amor, quería ser suya, ser su carajita. A partir de ese momento, durante nueve meses fui suyo cada vez que quizo, hasta que su familia se mudó a otra provincia.
Desde que Chuito se fue no había sido de otro hombre. Ahora, con treinta años de edad, había encontrado a José, un morenito de 16 años, que conocí en la playa vendiendo chucherías y quien descubrió mi debilidad, ante mis miradas cómplices dirigidas a su entrepierna, dejando al descubierto mi realidad: soy marico. Esa tarde lo invite a mi chalet para que limpiara mis zapatos y terminé ensartado por su maravillosa paloma negra la cual no pienso perder por nada del mundo.