Aquella tarde en la discoteca fue como todas. No ligué con ninguna chica y lo único que conseguí fue una excitación permanente y la decepción de no haber probado el sexo.
La vuelta a casa en metro me ofrecía en ocasiones la oportunidad de rozar el cuerpo de alguna mujer y en alguna ocasión ellas me habían correspondido, aunque nunca pasó de los segundos que hay entre dos estaciones.
El metro iba aquella tarde bastante lleno, pero no abarrotado. Me situé cerca de la puerta agarrado a una barra vertical con el objetivo de sentir el roce de las chicas que entraban. Dos estaciones más y el metro iba repleto. Retrocedía unos centímetros para dejar paso a más personas y me topé con el cuerpo de otra persona. No se movió y yo permanecí quieto. El metro se pudo en marcha y con el vaivén yo sentía el roce en mis nalgas. Apreté hacia atrás para contribuir al placer que me proporcionaba. Entoncés tuve la sensación de que un bulto crecía y se apretaba contra mí. Moví las caderas para ofrecerme y el también movió las suyas para refregarse plenamente. Hubo un momento en que me cogió por la cintura con una mano y con la otra asía la barra y pegaba su torso a mi espalda. Me sentí acogido y deseado. Mi excitación aumentó. Me movía suavemente para seguir teniendo en mis nalgas aquel bulto duro y que yo imaginaba caliente. Aún no sabía quién estaba enganchado a mi disfrutando del roce.
Unas estaciones más adelante, un matrimonio mayor consiguió entrar en el vagón. La mujer estaba bastante rellene pero conservaba unas curvas bastane pronunciadas. Su cadera se enganchó a mi cuerpo a la altura de la pelvis. No renuncié al placer de sentir mi sexo apretado con su cadera, y ella tampoco. Unos instantes después me miró de reojo y movió su cadera para frotar su cuerpo con el mío. Me pisó suavemente el pie y yo lo entendía como un signo de complicidad. Puse mi mano en su espalda y la fue acariciando hasta las nalgas y el interior de los muslos con mucho disimulo. Ella puso una mano en mi bragueta e intentó atrapar mi polla por encima de los pantalones.
Estaba aprisionado entre dos inmensos placeres y no quería renunciar a ninguno de ellos.
Pero el metro se empezó a vaciar. Estabamos llegando al centro y el matrimonio se bajó. La mujer me invitó a descender con un gesto inapreciable, pero no aún sentía detrás de mi el deseo de un desconocido y elegí continuar el viaje. Dos estaciones después, noté el aliento en mi nuca y la voz de suave que me proponía bajar en la siguiente estación. Habíamos llegado al centro. Mi trabajo estaba cerca de aquella parada.
Vi su rostro de hombre mayor, unos sesenta años, pelo blanco, tez morena y poco más alto que yo. Me lllevó a un bar a tomar un refresco y de allí subimos al sexto piso de un edificio muy lujoso. Un rótulo en la puerta anunciaba una empresa de importación y exportación. Me dijo que trabajaba allí de conserje y por eso tenía todas las llaves. Entramos a un despacho con enormes ventanales a una gran avenida. La luz de la calle iluminaba la esntancia.
Me cogió por atrás y reproducimos la portura del metro mientras me susurraba cosas excitantes al oído. Yo apenas decía si o no. me acarició todo el cuerpo, me desnudo y yo le desnudé a él. Su cuerpo era fuerte y terso a pesar de la edad. Tenía los pezones como los de una adolescente y me hizo besarlos y chuparlos mientras el gemía y me acariciaba por todas partes, deteniéndose especialmente en el ano. Yo también gemía y sentía que me abrasaba la punta de la polla cada vez que me la tocaba. Recorrió mi cuerpo son su lengua y chupó mi polla hasta que le dije que no aguantaba más.
Entonces me tumbó en el suelo enmoquetado e introdujo su polla en mi boca. Era la primera vez que chupaba una y tenía un sabor amargo. Estaba tibia, pero sentí que latía y eso me animó a lamerla de abajo arriba y pasar mi lengua por sus huevos. La saboreé como si fuese el bombón más dulce.
Unos instantes después giró mi cuerpo y se puso encima de mi. Su polla buscaba mi ano, pero no lograba entrar. Sentía un pequeño dolor cuando intentaba introducirla y se lo dije. Abrió un armario y trjo algo con lo que me mojó el agujero e introdujo sus dedos un rato hasta que me dilaté. Cuando me introdujo su polla me escoció un poco, pero se fue haciendo suave y fui yo quien se movió para sentir sus palpitaciones y embestidas. Me hubiera gustado correrme en la moqueta cuando sentí sus espasmos llenándome de leche por dentro, pero me pidió que me aguantara.
Chorreando leche por mi culo perforado me dió media vuelta y me besó en la boca, después me la chupó y succionó hasta que me corrí. La leche caía por la comisura de sus labios y vi como descendía por su garganta.
Acercó su cara y me besó en los labios. Abrí mi boca esperando su lengua y esta me llegó llena de leche, con un sabor extraño y desconocido para mi. Me besó apasionadamente y yo me tragué mi semen tras saborearlo con sus besos. Tras unos minutos con nuestras bocas fundidas y nuestras lenguas acariciándose dulcemente, nos separamos. Busqué su polla, empequeñecida ahora tras el orgasmo. La besé y la introduje en mi boca. Tenía el extraño sabor de mi ano, pero era tan dulce que la saboreé hasta que tuvo una ligera erección.
Una semana después subí hasta la sexta planta de aquel edificio para saludar al conserje y con la intención de quedar con él para pasar un rato íntimo, pero allí no había habido nunca conserje. Me marchaba cuando oí la voz de mi amante dando instrucciones a una secretaria, pero me marché sin girarme.