Había quedado con Lucas a las ocho y media en su casa. Él vivía lejos de la mía, a media hora andando (más o menos), así que alrededor de las ocho salí. Llevaba puestos una camiseta y unos vaqueros; a pesar de que otoño, hacía todavía un poco de calor residual.
No llevaba ni la mitad de camino cuando empezó a tronar fuertemente sobre mi cabeza al tiempo que multitud de nubes grises se amontonaban a una velocidad espeluznante en el cielo. Aceleré para que no me pillara la tormenta, pero mis esfuerzos fueron en vano: no habían pasado cinco minutos cuando gotas del tamaño de uvas gordas empezaron a caer precipitadamente, con prisa por llegar hasta mí.
Finalmente, calado hasta los huesos, arribé a casa de Lucas y llamé al telefonillo; fue su padre quien contestó. En un instante estaba arriba, llamando esta vez al timbre. Se abrió la puerta y entré.
----— Hola, buenas tardes, venía a buscar a Lucas.
— Pues pasa un momento, porque ahora mismo no está en casa. Acaba de bajar a hacer un recado, pero no creo que tarde mucho en venir. Ven, pasa, pasa, siéntate ahí. ¿Quieres tomar algo?
— No, gracias.
El padre de Lucas se llamaba Roberto. Era un hombre alto, con barbita de tres días y tenía un pantalón y una camiseta cortos, lo que permitía ver unas piernas musculosas y peludas hasta extremos inconcebibles. Al poco tiempo llegó con una Coca – Cola en la mano y un vaso con un par de hielos y puso ambos en la mesita que había frente a mí.
—Oye, estás muy mojado, si quieres quítate esa ropa, la pongo en el radiador y te traigo una camiseta de Lucas.
Me quité la camiseta y emepezó a hacer comentarios respecto de mi buena forma física: Cómo se nota que haces deporte, ¿Vas al gimnasio?, No, lo dejé el mes pasado al empezar las clases porque no me daba tiempo para todo, Pero algo de deporte sí que harás, es imposible conservarse si se está todo el día tumbado en el sofá, Hombre, corro los fines de semana y en los recreos juego al fútbol, pero nada excepcional, ya sabe. Yo me apunté el mes pasado al gimnasio y mira ya los resultados
En este momento él se quitó su camiseta con una velocidad que encontré entonces exasperante y que al recordarla calificaría de excitante. Despacio, lo primero que dejó ver fue su ombligo, al que llegaba desde abajo una banda ancha de pelos muy oscuros que lo rodeaban y lo hacían muy apetecible. Esta banda de pelos se estrechaba al subir por unos marcados abdominales (que tenían mucho más de un mes de gimnasio) llegando a unos pectorales que pronto descubriría duros, donde el vello se extendía caprichosamente cubriendo parcialmente sus pezones y la distancia que quedaba hasta el cuello.
— Mira, toca —me animó—.
No podía decirle que no, gracias, que prefería no hacerlo, porque habría sido una descortesía. Yo con timidez, pues era el padre de uno de mis mejores amigos y un hombre con el que apenas habría cruzado un par de palabras en toda mi vida, moví la mano con pesadez y torpeza, pero él, más impulsivo, me agarró la mano y se la pasó por todo el pecho haciendo especial hincapié en sus pétreos peludos pectorales, manteniendo mi mano siempre en constante movimiento un par de segundos sobre sus tetas, antes de bajar hasta su ombligo haciéndome palpar bien todos y cada uno de sus músculos abdominales. Después me volvió a subir la mano rozando siempre su piel, y la plantó definitivamente sobre su pezón izquierdo, dejando simultáneamente de hacer comentarios sobre la buena forma en que me encontraba, lo guapo que era, a ti todavía no te han salido pelos en el pecho ¿eh?, no te preocupes ya te saldrán, sin embargo en los sobacos… y adivino dónde también tienes pelos, ¿eh? Y bien que te gusta. Esto fue lo último que dijo con una risa leve de bromear mientras depositaba mi mano en su pezón. La dejé ahí inconscientemente unos segundos y cuando me di cuenta la aparté rápidamente.
Él se levantó y mientras lo hacía me dijo: — Déjame los pantalones, que también están empapados y ahora te traigo unos más cómodos de Lucas.
Me los empecé a quitar y él observaba atentamente. Así, me quedé sentado en boxers en el salón de uno de mis mejores amigos con la única compañía de su padre sin camiseta.
Desde la habitación oí que me decía que si quería podía encender la televisión. Obedecí maquinalmente; no dejaba de pensar en lo extraño de la escena que acababa de darse apenas hacía unos minutos. Cuál no sería mi sorpresa cuando en la pantalla apareció un pene de enormes dimensiones siendo devorado por una boca a una velocidad frenética. Busqué el mando para cambiar de canal, qué vergüenza, qué iba a pensar de mí aquel señor, pero no lo encontré. Vencido, volví a sentarme en el sofá y empecé a mirar la película. Al principio intenté no excitarme, pero estando en ropa interior sentado en el sofá viendo una peli porno, mis tentativas resultaron meros intentos. A los dos minutos, estaba con la polla como una barra de pan y pellizcándome el capullo con frenesí encima del calzoncillo. En un momento dado, oí una voz junto a mi espalda: — Aquí tienes la ropa.
Con un susto de muerte aparté mi mano de mi pene en un reflejo involuntario. Roberto, en vez de preguntarme que qué coño estaba haciendo, dio un salto y se sentó junto a mí en el sofá. Me susurró mientras lo hacía, Aunque creo que no la vas a necesitar.
Entonces él se quitó los pantaloncitos cortos y se quedó también en calzoncillos. Los suyos eran slips y no costaba nada imaginar la tremenda erección que ocultaban. No obstante, en vez de masturbarse como yo pensé que iba a hacerlo, empezó a sobarse el pecho, pellizcándose insistentemente los pezones, una vez y otra, y otra más. Todas las veces que yo me había hecho una paja, me había dedicado a tocarme sólo la polla, que era precisamente lo único que no se tocaba él. Poco a poco, sin darme cuenta al principio, dejé de prestar atención a la película que había servido de pretexto y lo miré a él. En determinado momento se desnudó totalmente y se puso de pie, ya sin ropa, ante mí. Veía su cara con barbita corta, su pecho lleno de pelos, sus piernas peludas… esperaba de su polla, que enhiesta le llegaba al ombligo, una mata de pelos impresionante, rizados, negros, espesos. Al contrario, estaba impecablemente depilada. Sin disimulo ninguno, me quité también mis calzoncillos y me puse también de pie. Yo mismo tenía la polla gorda como nunca, y no podía dejar de agitar mi prepucio arriba y abajo como un loco.
— ¿Has follado alguna vez?
— No — respondí tímidamente. Él esbozó una sonrisa.
— ¿Y te la han chupado?
— Tampoco.
— Ven aquí, pequeñín
Me acerqué con paso decidido. Él me cogió en brazos como si yo fuera un bebé, y empezó a besarme mientras andaba hacia el interior de la casa. Nos besábamos con fuerza, yo cerraba los ojos y me dejaba llevar. Iba agarrado a su cuello, sentía cada pelo de su pecho en el mío y no dejaba de frotarme para notarlos más (me ponía muchísimo); teníamos los pezones a la misma altura y nos los pellizcábamos mutuamente. Cuando volví a abrir los ojos estábamos en el cuarto de baño, y él me estaba metiendo en la ducha.
Abrió el grifo y empezó a enjabonarme despacito, muy despacito. Yo estaba excitadísimo e intentaba masturbarme cada poco rato, pero siempre que lo intentaba él me daba un manotazo. Empezó a darme jabón en el pecho con mucha parsimonia: inició su masaje en los hombros y lentamente fue bajando hasta el ombligo, pasando impasible y casi sin pausa por mis redondos y pequeños pezones. Entonces se dirigió a los brazos y llegando al final me izo dar la vuelta y levantar los brazos, y abrazándome desde detrás comenzó a acariciarme las axilas durante largo rato. Mientras lo hacía, yo me agarré a su cuello por detrás y él me besó el cuello, detrás de las orejas… No dejaba de tocar cada pelo de mis axilas, dando de vez en cuando suaves tironcitos y haciéndome cosquillas, Eres un niño muy malo, está fatal poner tan cachondo al padre de un amigo, como castigo voy a reventarte el culo… sí… voy a romper ese culito estrecho. Castígame, soy malísimo.
Entonces, con jabón todavía, me introdujo in par de dedos, sacándolos y metiéndolos algunas veces. Acto seguido, con la mano orientó su miembro hacia mi culo, yo me agaché un poco y me la metió entera, hasta la base, de una sola vez. Entonces empezó un movimiento de vaivén lento, su polla entrando y saliendo de mi culo, entrando y saliendo, entrando y saliendo, entrando y saliendo. Era brusco, y al girar la cabeza me vi reflejado en un espejo: su cara era de concentración y él ya no se acordaba de mí, sólo pensaba en correrse en mi ano. Poco a poco los movimientos fueron acelerando, y Roberto empezó a soltar gemidos roncos. Siguió dándome más fuerte y más rápido, gimiendo todo el rato, susurrando: me voy a correr en ti, chiquitín, hazme gozar, qué culo. Yo empecé a mover mis glúteos circularmente, y sus gemidos, con los ojos entornados, se convirtieron casi en gritos. ¡Sigue, sigue! En ese instante, sus movimientos volvieron a ser más lentos y segundos más tarde lo sentí: un chorro potente de líquido caliente llenó mi culo, fue una sensación muy nueva y gratificante. Enseguida me di la vuelta, lo besé y lo abracé (otra vez sus pelos en mi pecho y yo frotándome para sentirlos todos), y el resto de su semen quedó repartido por mi estómago. El beso fue largo y su lengua estuvo un rato jugando en mi boca. Luego salí de la bañera y me dirigí a la habitación de Lucas. Roberto me seguía como un perrito. Allí volvimos a besarnos y sus manos recorrieron toda mi espalda. Le dije que se tumbara en la cama y obedeció. Yo estaba de pie, con la polla apunto de explotar, pero vi en una esquina un cesto de ropa sucia. Fui hasta allí y busqué unos calzoncillos de Lucas. Roberto no me había visto (estaba buscando un condón), me puso las piernas sobre los hombros y me gritó que lo penetrara. Yo empecé a hacerlo y se la metí entera del primer golpe como él había hecho. La sensación fue maravillosa: yo nunca me había corrido en ningún sitio más que en mi mano, y sentir mi polla encerrada en el culo de aquel hombre me encantó. La dejé allí un instante y después empecé suaves movimientos de balanceo, metiéndosela y sacándosela, muy lentos. Yo le sonreía y le susurraba Te gusta, maricón, voy a correrme en tu culo, después de esto no vas a poder sentarte nunca. En ese momento, con los calzoncillos de Lucas empecé a acariciar su miembro. Él reconoció la ropa interior de su hijo, y se le puso durísima en un instante. Rodeando su polla con la prenda, seguí masturbándolo, pero ahora bestialmente, con brutalidad. Él se pellizcaba los pezones, y yo continuaba penetrándole mientras tanto.
— ¿Sabes dónde esta Lucas?— me preguntó entre gemidos.
— No
— Está follándose a su novia. Y mientras él se tira a su chica tú se la estás metiendo a su padre.
Pensarlo me excitó muchísimo, imaginar a Lucas desnudo, con el pollón descomunal y la gruesa hilera de pelo espeso que le llegaba hasta el estómago que yo había visto durante el verano en la piscina y en las duchas del gimanio, y pensé también en la de pajas que se habría hecho en esa habitación la de veces que se habría corrido aquí, y que ahora yo estaba a punto de hacerlo, pero dentro de su padre. Lucas me sonreía desde una foto encima de una mesa. Tan cahondo me puso esa idea que poco después me corrí como nunca lo había hecho antes. La primera sacudida cayó en el condón, que rápidamente me quité para llenar con la segunda su ano de semen. La tercera cayó en su polla y él se abalanzó, para lamer las demás directamente de la mía.
Él todavía no había terminado y se me ocurrió ponerle los calzoncillos que había utilizado antes para acariciarle y se lo hice. Empecé a meterme su polla en la boca con aquel pedacito de tela y enseguida eyaculó él también en los calzoncillos que tantas pajas de su hijo habrían soportado.
Todavía guardo esos calzoncillos.