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En realidad, lo que me ocurrió no sé si es bastante terrible y patético o una experiencia ultraterrenal...

Hasta mis 20 años yo me creí heterosexual, me encantaban las mujeres y a su vez, yo a ellas, porque  soy una persona atractiva, lo sé reconocer. Digo que me creía heterosexual, porque todavía no había conocido a Ronaldo, mi instructor de gimnasio, quien una noche me enculó dándome a conocer otra faceta de mi sexualidad. No lo hizo nada más en una ocasión, sino varias veces. Dejamos de hacerlo porque mi novia comenzaba a sospechar algo extraño en mí, no sé, a veces le pedía que me introdujera sus dedos en el ano y una vez le comenté que me encantaría que ella usara un arnés con verga para cogerme. Comenzó a ponerse triste y ansiosa, por lo que preferí dejar las enculadas de Ron para otro tiempo.

Bueno, lo que me sucedió fue aproximadamente como al año de mi primer enculamiento. Les digo que fue una experiencia casi terrible. Escuchen: un miércoles lluviosísimo de julio tuve una discusión con Julia, mi novia, por una verdadera tontería. Fue tan tonto el asunto, que hasta me terminó y me mandó por un tubo. Yo me sentí muy triste porque mi cumpleaños y mi examen de titulación estaba muy cerca, no podía creer que me negara su compañía en fechas tan importantes.

Eran las diez de la noche cuando llegué a mi bar favorito, uno que está en una populosa avenida de la ciudad. Me senté directamente en la barra y pedí un trago de brandy español, en verdad me sentía bastante triste y confundido. Estuve escuchando algunas canciones y perdiendo la vista en los televisores, imaginándome cosas con los retazos de conversaciones que escuchaba, fumando como tren desolado, cuando...

Ahí estaba, guau, qué piernas: bronceadas, largas y bien torneadas, asomando de una falda no muy corta pero con una sugerente abertura. Posiblemente tendría alrededor de 35 años por las arrugas que se le hacían alrededor de los ojos y los labios. Sin embargo, era muy bella con el cabello rubio cayéndole un poco más abajo de los hombros, unos hombros bien definidos y el perfil diáfano y exquisito. Estaba muy seria, fumando un cigarrillo delgado y largo, sumida en sus pensamientos y con la vista fija en una copa redonda, que seguro albergaba brandy como la mía...

Después de verla unos momentos y ya con tres tragos encima, decidí mandarle uno a su salud. La rubia me volteó a ver halagada haciendo con su mano blanca una señal de agradecimiento. Pronto estábamos platicando, le conté de mi vida mientras ella me escuchaba. Sí quería conocerla, pero ella se mostró renuente para comentarme sus intimidades, así que mejor opté por hablarle de mí y claro, de Julia.

Para no extender mucho el preámbulo, déjenme les digo que nos fuimos a coger a su departamento, el cual curiosamente estaba bastante cerca de mi casa. Cuando lllegamos al quicio de la puerta yo ya estaba metiendo mis manos dentro de su pantaleta, y ¡oh, dios! estaba deliciosamente mojada y con su clítoris durito y alborotado.

Me desabotonó la camisa y bajó el cierre de mi bragueta, fue recorriendome con la lengua desde el tórax hasta el glande mojándome todo y mordiéndome a veces. Mi pene estaba durísimo, muy baboso, tanto que medio se le resbalaba de su misma boca. Me dijo que qué grande lo tenía, mientras con sus manos acariciaba mis huevos.

Todo iba muy bien hasta que la luz de la cocina se prendió, y cuál sería mi sorpresa al ver a mi padrastro ahí, sin camisa e igual de sorprendido que Rosalba -así se llamaba- y yo.

Rosalba que no sabía nada del parentesco político, pronto corrió a decirle que no era lo que parecía, pero la muy perra en lo que corrió a sus brazos iba limpiándose la boca de la mamada que me había dado.

Juan Carlos, la hizo a un lado con algo de fuerza, y se dirigió hacia mí.

Bueno, creo que es el momento de decirles que Juan Carlos llegó a mi vida cuando tenía aproximadamente trece años. Se casó con mi madre y tres años después enviudó, así que me quedé solo con él. Nunca tuvimos una relación muy buena, más bien era algo amor-odio, lo que nos profesábamos. Recuerdo que durante mi adolescencia me pegaba mucho, si llegaba tarde o tenía malas calificaciones, me azotaba hasta hacerme llorar -cuando era más pequeño- o sangrar -las últimas veces que lo hizo-.

Lo que mi mamá me había legado al morir me iba a ser entregado hasta el día que me casara, por lo que estaba en manos de él y por eso no lo podía dejar Juan Carlos no era malo, simplemente como no tuvo hijos no sabía como tratarme. Yo sí le tenía algo de miedo, sobre todo por las golpizas que me propinaba.

Después de arrojar a Rosalba contra el pretil de la cocineta, me tomó de mi brazo con una fuerza descomunal arrastrándome al auto..."¿"Qué fregados hacías con ella?", yo le dije que no sabía que tuvieran algo que ver. La verdad estaba entre asustado y apenado, sin contar las copas que traía encima.

Juan Carlos todo el camino me fue diciendo que era un hijo de puta, que llegando a la casa me iba a romper la madre, que cómo era posible, que yo sí sabía quién era ella y nomás lo hacía para molestarlo, en fin, la verdad sí me estaba asustando, porque Juan Carlos -a quien le decía papá- era un garañón de casi 1.90 de estatura, fornido y amante del gimnasio. Más de una vez me había dejado inconciente con algún golpe, y nunca lo había visto tan enojado como esa noche.

Cuando se estacionó en la cochera me bajó de los cabellos, que ya me quedaban algo grandes. Grité y le pedí que me soltara, pero no hizo caso y comenzó a patearme en el estómago.

Después, arrastrándome de los cabellos me metió hasta la casa. Se sacó el cinto y me rompió la camisa, luego comenzó a azotarme, yo gritaba de dolor y le pedía que me dejara pero no me hacía caso.

Cuando ya no hubo lugar en mi espalda para otro golpe, bajó mis pantalones mientras me gritaba que era un cerdo, que me iba a moler la verga a putazos porque su mujer me la había mamado.

Llegó un momento en que ya no sentía los golpes en las nalgas y en las piernas, porque estaba en una especie de sopor, sólo escuchaba el romperse de mi piel contra los ardientes latigazos. Hasta dejé de decirle que dejara de pegarme, simplemente sentía el hachazo pero no me dolía.

Sin embargo, no sé por qué de pronto solté un grito tremendo, algo se me había incrustado entre las nalgas, voltié hacia atrás y era Juan Carlos con un palo de escoba en la mano, cuyos 30 o 35 metros estaban adentro de mi ano, hiriendome la carne. Casi sentía que me algo me iba a reventar por dentro, entonces sí empecé a llorar como niño y querer zafarme de tal tortura.

Juan Carlos lo sacó y todavía azotó mi espalda que estaba llena de sangre con el palo, luego me agarró las piernas y se las puso en los hombros para encularme con su verga. Me la metió furiosamente, con todo su coraje mientras me sujetaba las piernas, yo por más que me quería zafar, no podía...¡¡¡¡Ay, papá, no me hagas esto, me duele!!!!!!, le dije, porque verdaderamente la tenía muy grande.

Después sentí como un chorro caliente me resbalaba por la grieta y las piernas, sin embargo, pude haberlo disfrutado, porque hasta eso cogía rico, pero era más mi humillación y el dolor inicial...

Ya después les contaré lo que pasó con Juan Carlos, quien después de encularme, se mostró muy arrepentido porque vio que me quede tumbado en el suelo como muerto pero con los ojos abiertos...Me hablaba y yo no decía nada, sólo estaba perdido...

escrito por Anonimo
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