NOCHE DE LUNA EN JALAPA.
La lluvia golpeaba acompasadamente en la ventana. Ya casi estaba por amanecer, pero me sentía agradablemente fresco, descansado, no somnoliento. Escuchaba la respiración tranquila de aquel chavo, desconocido hasta pocas horas antes.
Y sentí la tentación de pasar mi mano por su cuerpo relajado y desnudo. La suavidad de su piel y el leve aroma que se desprendía, me confundían. Por primera ocasión acariciaba a otro hombre sin preocuparme de nada. Crucé la pierna derecha sobre la suya, lo abracé, quedando sus glúteos pegados a mi pelvis, y empecé a recordar aquella noche, como si fuera una película.
Como siempre, lloviznaba en Jalapa. La cita con mi novia no podía haber sido de lo más excitante. Ardientes besos y caricias, mientras ella deslizaba su mano derecha para tocar, en medio de la oscuridad, mi verga, que estaba bien parada. El tiempo pasó sin darme cuenta.
El frío de enero y la lluvia los soportaba mi chamarra con capucha. Sentía calor y un dolor en los testículos por la excitación sexual. No alcancé el camión para dirigirme a casa y me recargué en un semáforo pensando qué hacer. No tenía dinero suficiente para pagar un taxi.
Con indiferencia, vi las luces de un auto que se aproximaba adonde yo estaba. El conductor me preguntó dónde podría encontrar todavía un restaurante abierto. Me acerqué y traté de ubicarlo, pero no agarraba la onda para nada. Entonces, súbitamente, tuve una idea- ¡Eureka…! Le propuse llevarlo al centro hasta un restaurante que cerraba bastante tarde. De ahí sería mucho más fácil llegar a mi casa.
Aceptó. Subí al auto y tuvimos una plática circunstancial; él era de la capital, no conocía Jalapa y había llegado esa noche a Coatepec, un pueblo cercano, en donde tenía un asunto que arreglar. Después de alojarse en el hotel, ya no encontró algún lugar abierto para cenar, por lo que decidió regresar a Jalapa. No conocía a nadie, o sea, que andaba perdido totalmente. Terminó invitándome a cenar, lo que acepté sin pensarlo dos veces, Se veía un chavo normal, de mayor edad que yo, eso sí.
La llovizna calaba hasta los huesos cuando salimos, y se quedó mirándome como diciendo y ahora ¿por dónde me regreso? No es presunción, pero siempre fui un chavo buena onda y romántico, para variar. Francamente, sentí pena dejarlo ahí parado, sin saber qué onda y recordé a Rafa, un condiscípulo que vivía allá, a donde podía llegar a dormir sin problemas, así que me ofrecí a acompañarlo, después de todo, la distancia es corta.
Ya en la carretera, en medio de la lluvia y de una peligrosa neblina, me preguntó que dónde se divertían en Coatepec, si cerraban todo tan temprano.
-No lo creas -le dije bromeando- es principio de semana, pero muchos chavos de aquí van sábados y domingos a El Pergamino, a comer carne asada… y de la otra también.
Eso lo hizo reír. De súbito, un tanto nervioso, me confesó:
-Yo soy de onda, ¿y tú?
Aquello sí que me cayó de sopetón.
-Bueno, sé algo de eso, pero soy chavo activo –y lo miré de reojo, y más cuando dijo que a él no le preocupaban esos detalles.
Y entre dimes y diretes, llegamos a su hotel. No es por nada, pero jamás me ha gustado la gente obvia, y él no lo era, sino todo lo contrario, y se veía que tenía poca experiencia en el asunto.
Apagó la luz y, ya en la cama, se acercó para tocarme el cuerpo, sin hablar o decir cursilerías. Pero cuando llegó a las entrepiernas, se sobresaltó, lo noté en su mano. Se me había olvidado decirle que ando en el límite de los superdotados,
Se puso tenso, queriendo echar marcha atrás, pero yo ya no estaba para esas cosas, mi excitación iba en aumento. Sin alardes de machismo, lo atraje hacia mí. Agarré un frasco de crema que había visto sobre el buró y me embadurné la verga con ella.
No le di tiempo a que pensara y me puse en acción, evitando lastimarlo físicamente. Lo puse de espaldas, mi verga estaba dura como fierro, y empecé a penetrarlo, utilizando mis manos para separas sus glúteos. Sentí cómo iba haciendo a un lado aquellos tibios ligamentos que se cerraban alrededor de mi verga, según avanzaba. Le di una estocada final, disfrutando el placer del momento, que me hacía sentir orgulloso y satisfecho.
Al quedar luego boca abajo, galopeé sobre sus abultados glúteos, puliéndome en hacerlo disfrutar el punto en que sentía las vibraciones de su cuerpo. Giré y, agarrándolo de la cintura, lo senté sobre mi duro miembro, hasta el final, mientras él apoyaba las manos sobre la pared.
Ni una palabra, sólo la respiración acelerada, nada de quejidos. Aspiré el olor de su cuerpo y el leve sudor que desprendía, y eso me excitó aún más, viniéndome varias veces e inundando sus entrañas con mis jugos. Mis manos apretaban todavía su cintura y sentí el golpeteo de su virilidad sobre mi pecho, mientras derramaba su leche como una catarata, estremeciéndose de placer y depositando luego su cabeza junto a la mía, después de darme un beso cálido y húmedo.
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Han quedado atrás mis 18 años de entonces; sigo siendo activo y estoy casado con aquella novia a la que tanto le gustaba acariciarme la verga. Pero lo sigo recordando. Él vio en mí al chavo que le gustaba, sin preocuparse de una manera obsesiva por lo que tenía en las entrepiernas. Nunca me ha vuelto a ocurrir algo semejante en mis andanzas bi; por eso, aquella noche seguirá siendo mi gran noche de amor…