Índice » Gays » Una noche en el cuartel II

Javier estaba de permiso así que aquella noche no me quedó más remedio que hacerme unas pajas y me fui a dormir. Al poco rato se presentó el sargento y me pidió que lo acompañara. Fuimos hasta un barracón apartado y me ordenó que me desnudara. Le hice caso y sin rechistar me senté en la silla. Me tapó los ojos y me propuso un juego. Por supuesto acepté encantado, cuando me dijo que se trataba de catar los nuevos nabos de los del último remplazo. A los pocos segundos, escuché unos pasos que se acercaban. Alguien dirigió mi cabeza a una polla que empecé a mamar con mucha fuerza. Tanta, que al poco tiempo recibí una corrida muy caliente y, por la experiencia que tengo, debía ser la de un pajillero. Al contrario, el segundo debía ser un follador nato ya que me taladraba la boca como si fuera una vagina o un culo. Esta vez la corrida fue mayor. Era más viscosa por lo que se notaba que hacia días que no se corría. De repente, se acercaron dos pollas que me golpearon los labios. Instintivamente, mordí aquellos dos capullos hasta que aquellas maravillosas vergas se empalmaron. Tuve la sensación que ya me había comido aquellos nabos antes pero pensé que se debía al calentón que tenía. Me costó que aquellos dos se corrieran pero conseguí que me llenaran de leche toda la cara. Por el sabor, hubiera dicho que una de las corridas era del sargento y otra de Javier pero no dije nada porque el sargento me ordenó que estuviese callado todo el rato. Sólo podía abrir la boca para mamar o tragarme la corrida de aquellos machos. Después fue el turno de un tío solo. Aquella verga debía medir más de veinte centímetros. Al rato se turnó con otra polla más pequeña pero muchísimo más dura. En ningún momento perdió flacidez mientras que la de más de veinte centímetros tuve que sujetarla con las manos algunas veces para que no perdiera flacidez. Cuando estos dos tios se corrieron, primero el que la tenía más pequeña y luego el del pollón, el sargentó me pidió que sin quitarme la cinta de los ojos me pusiera a cuatro patas. Se acercó por detrás y despues de meterme su nabo de un solo empuje me quitó la cinta de los ojos. En ese instante, noté como otra polla me hacia una doble penetración. Notaba como mi ano se dilataba y como se rozaban los nabos en mi esfinter. Por la manera de penetrarme y la coordinación, supe que se trataba de Javier y el sargento. - ¿Creías que me iba a perder esto?- me preguntó Javier- A mi novia me la puedo tirar otro día pero una orgía de estas no me la pierdo por nada del mundo. -¡Qué cabrón eres! me lo había parecido. Me he puesto muy cachondo cuando te la he mamado junto al sargento. Con la conversación, no me había dado cuenta del magnifico panorama que tenía delante. Eran ciatro tios que se estaban haciendo una paja. Puede reconocerlos: el pajillero, un chico de unos dieciocho años, el taladrador, un maduro de unos cuarenta años buen cuerpo y una incipiente barriga cervecera, el de la tranca grande, un mulato de padre brasileño, y el de la polla más pequeña y dura, un moreno con perilla y el pecho muy peludo. Me rodearon y me obligaban a succionarles la polla. Perdí la noción del tiempo, sólo me importaba meterme una tranca. Empezaron a cascársela y se turnaban para correrse en una copa de cava. El sargento me la acercó y me dijo: - Toda esta leche es para ti. Así que sé un niño bueno y acábate hasta la última gota. Así lo hice. Cuando acabé, me fui a la ducha... donde la fiesta continuó con el taladrador, el pajillero y el mulato porque Javier y el sargento se tiraron al amigo del sargento en su despacho.

escrito por Anonimo
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