De todas las noches que había pasado en el cuartel, recuerdo una de una manera especial. Con el que follé, ya no me acuerdo de su nombre. No era el que la tenía ni más grande ni la más dura. Me acuerdo que empezamos a calentarnos mirando unas revistas. Mi fama en el cuartel iba creciendo, tanto que me conocian como el bebé. Era porque cada noche me tomaba un biberón, dos ... o tres o tantos cuantos pudiese, en todos los casos me tomaba hasta la última gota.
Aquella noche, empezamos a pajearnos. Noté, cuando agarré su polla, que aquel chico debía ser virgen. Enseguida lo reconoció. No tenía mucha experiencia. Sólo se habia magreado con alguna chica de su pueblo pero sin llegar a nada más que un calentón de época y unas cuantas pajas seguidas con las correspondientes corridas en un calcetín de deporte. Además, me dijo que desde se duchaba con tíos en el cuartel había empezado a sentir algo por aquellos machos: los roces, los paquetes que se marcaban en los slips, los gemidos de los que se hacían una paja en la oscuridad de la noche... A todo esto, hay que añadir la presencia de prostitutas en la cercanía del cuartel. Desde nuestras habitaciones, veíamos como se las tiraban los clientes. A la mañana siguiente, aparecía todo lleno de preservativos.
Pero volvamos a aquella noche. Cuando estabamos empalmados, propuse a... sí ahora me acuerdo. Le propuse a Jacobo que se asomara a la ventana y yo sentado en el suelo (sin que me vieran de la calle) se la mamaría. Me la metí entera en la boca y empecé a succionar aquella verga.
- Dos repartidores se están tirando al sargento!!!!!!- dijo Jacobo sin salir de su asombro- Uno se lo está follando y el otro le está prenetrando la boca.
En ese instante, Jacobo empezó a gemir de manera que abrí mi boca para recibir su corrida. Justo en el momento que empecé a saborear aquel jugo blanquecino, me corrí en su pie. Sentí un escalofrío tremendo y la necesidad de lamer aquel pie. Lamí los dedos del pie y limpie todos los restos de mi leche sin tragármelos. Empleé mi corrida para lubricar el ano de Jacobo. Él continuaba con el espectáculo del sargento y los dos repartidores que ahora, arrodillados, recibían los embistes de la tranca del sargento. En un descuido de Jacobo, empujé mi polla hasta el fondo de su culo. Se notaba que aquel ano no se lo había follado nadie. Tuve que taparle la boca para que el sargento no lo oyera gritar, así que decidí meterle su slip en la boca. Notaba como lo mordía cada vez que bombeaba mi polla en aquel culo que se dilataba cada vez más, tanto que mis 20 cm de tranca desaparecían dentro del imberbe de Jacobo. Si lo penetraba de lado, el placer que recibía era mayor así que no cambié de postura. Decidí que aquel pajillero debía probar una mamada así que lo aparté de la ventana y lo empujé contra la pared. Presionado contra la pared, se la metía rapidamente para que la fricción fuese mayor. Me vine enseguida por lo que lo puse de rodillas mientras le sujetaba la cabeza y le obligaba a mamar mi polla. Cuando notó que me corría intento retirar su cabeza pero lo sujeté con fuerza hasta que se trago toda mi gallofa. Jacobo no me lo recriminó; todo lo contrario. Me besó, me metió la lengua en la boca para, a continuación, arrodillarse para lamer una gota de leche que me quedaba en el escroto.
Como no podía ser menos, Jacobo se unió a nuestras folladas... tanto con el sargento y Javier como con las putas del descampado...