Índice » Grandes Seriales » FELICES FIESTAS

Los rayos del sol de diciembre, rebotaban contra el asfalto gris, transformándose en calor. El mismo calor que invadía a través de las ventanas, la oficina ubicada en el segundo piso de aquel viejo edificio en el micro centro porteño. Apenas dos ventiladores de techo trataban de paliar el sofocante clima. El lugar, un estudio de diseño grafico. Un tablero de dibujo, tres escritorios, un sector con sillones para la espera, una sala de reuniones y el privado del dueño de la empresa. Como todo fin de año, el trabajo se había incrementado. Quedaba mucho por hacer y el ritmo del estudio era mas movido que de costumbre. El sonido de las impresoras retumbaba en el espacio, mientras la música que provenía de la radio animaba la tarde. Todos estaban abocados a su tarea. Por sobre la PC, él la miraba cada tanto. Apenas algunos metros los separaban pero podían percibir cada uno la presencia del otro. Hacia varios meses que compartían el mismo ámbito de trabajo, pero él jamás se animó a decirle cuanto le gustaba. Solamente se conformaba con observarla. Verla pasar a su lado. Intercambiar alguna que otra palabra. Ese día la vio más radiante que nunca. Con su cabello recogido por el calor y la blusa sin mangas que dejaba ver sus hombros redondeados. Cada tanto una gota de transpiración caía desde su rostro bajando por su pecho y metiéndose entre sus senos. Se notan firmes, duros. La ausencia del sostén permitía que el pezón dejara su marca en la blusa ajustada. Sus ojos la recorrían toda bajando a sus caderas y deteniéndose en sus piernas cruzadas y en esa minifalda que dejaba ver sus muslos. Esta imagen lo enloquecía. Alteraba sus sentidos. Y no le permitía concentrarse en el trabajo. Cada tanto ella levantaba su mirada que se cruzaba con la de él, quien inmediatamente volvía a mirar la pantalla como no queriendo hacer evidente que pasaba por su cabeza. Una sonrisa cómplice era la respuesta que ella le devolvía. De pronto irrumpió en el estudio el dueño del mismo. En sus manos traía dos botellas de sidra y un pan dulce. Se acerco a ella y le pidió que preparara todo en la sala de reuniones. Ella se levantó y se dirigió para realizar la tarea. Caminaba moviendo sutilmente su trasero en un ida y vuelta que marcaba un ritmo imposible de ignorar. Inmediatamente se dirigieron a la sala de reuniones. Allí sobre la mesa estaban ya preparados los vasos y el pan dulce. Brindaron y bebieron entre bromas y risas. Como todos los años para estas fechas, se olvidaron del trabajo para compartir un momento de camaradería. Durante el brindis, al chocar sus vasos, ella y él se miraron a los ojos. Había algo mas en esa mirada. Al saludarla, él puso su mano en el rostro besando su mejilla. Ella sintió un cosquilleo que antes no había percibido. Fue como que todo lo que los rodeaba hubiera desaparecido mágicamente. Solo ella y él parecían estar en la oficina. Los demás no contaban. Ni la música, ni el calor. Nada importaba mas que el mirarse a los ojos. Que el percibirse mutuamente. Después de brindar, cada uno quedo liberado para poder irse a su casa. Él le pidió si podía quedarse un rato mas ya que no había terminado su trabajo. La miro con una mirada cómplice esperando que ella también buscara una excusa para quedarse. El dueño asintió sin inconvenientes, se saludaron y se desearon la mejor de las suertes para el año que ya llegaba. Fue saliendo de la oficina acompañado por la otra empleada y el cadete que seguía haciendo bromas. Habían quedado solos. La música en la radio seguía cortando el silencio de la tarde. Él volvió a su computadora y ella a su escritorio. Por media hora, cada uno se dedicó a su tarea sin dirigirse la palabra. Cada tanto sus miradas se juntaban y una mueca sonriente se dibujaba en sus bocas. Ella acomodaba su pelo levantando sus brazos y este movimiento hacia que sus pechos se elevaran al punto que pareciera que querían escaparse por el escote. Se estiraba en su silla arqueando la espalda y sus caderas acentuaban aun más la redondez de sus formas. Incorporándose acomodo nuevamente su cabello y se dirigió lentamente hacia él. Se acerco a su escritorio y apoyando sus dos manos, inclino levemente su cuerpo hacia delante. -Hace mucho calor – le dijo – todavía quedó un poco de sidra. ¿querés un poquito? Él asintió girando su cabeza hacia ella. Su mirada inevitablemente se detuvo primero en el escote y después en el movimiento de sus caderas que se alejaban en busca de la refrescante bebida. A los pocos minutos, ella salió de la sala trayendo en sus manos dos vasos y la botella de sidra. Apoyando los vasos en el escritorio los lleno con el burbujeante liquido hasta que su espuma blanca casi rebalsara. - ¿Por qué brindamos? – preguntó él - Por nosotros – respondió ella sonriendo. Chocaron los vasos y bebieron. Ella se sentó sobre el escritorio. Su corta minifalda dejó otra vez al descubierto sus muslos. Él acercó su mano tocando su rodilla acariciándola levemente. Lentamente fue subiendo sintiendo en la palma la suavidad de la piel que tanto había deseado. La mano fue bajando entre ambas piernas que iban separándose como abriendo un camino. Él continuó subiendo hasta meterse por debajo de la falda. Ella separó sus piernas y sus ojos se entrecerraron. Sentía como la mano de él la invadía llegando a conmoverla. Los dedos rozaron el pubis por debajo de las bragas, acariciaron los vellos que cubrían la húmeda vagina. Un pequeño grito de gozo salió de ella como aprobando cada uno de los movimientos. Él se levantó de la silla y se paró frente a ella. Con las piernas lo rodeó apretándolo contra su cuerpo. Él tomó su cara con la mano y acercándose a su boca la beso apasionadamente. Sus lenguas jugaron un baile frenético dentro de la boca del otro. Sus alientos se entrecortaban dejando escapar gemidos de placer. Quitó su mano del pubis de ella y tomándola con ambas de su marcada cintura la atrajo hacia él para que sintiera su miembro ya erguido debajo del pantalón. Ella pasó sus manos por debajo de la remera del sintiendo la piel ardiente y sudorosa. Él fue quitándole la blusa dejando al descubierto sus pechos coronados por dos pezones duros y firmes. Acaricio su cintura subiendo lentamente hasta tocar sus senos. Los tocó con las dos manos apretándolos entre sus dedos y jugando con las puntas de los pezones. Bajó por su cuello con su boca, dejando en el recorrido pequeños besos suaves. Paso por sus hombros hasta llegar a su pecho. Alzándolos levemente, paso su lengua por el pezón, para después apretarlo con sus labios como si quisiera beber de ellos. Su boca recorría la circunferencia de los mismos. La lengua lamía la punta que se erguía dura y grande. Ella acariciaba su espalda y fue quitándole su remera. Puso sus manos en el pecho acariciándolo y jugando con sus dedos con los pelos que lo cubrían. Bajo despaciosamente por su vientre hasta dentro del pantalón. Allí agarró con sus manos, el pene erguido, apretándolo firmemente. Bajándose del escritorio donde estaba sentada, desabrochó el cinturón para luego correr el cierre y permitir así que el miembro asomara por entre la ropa. Con besos tiernos fue bajando lentamente hasta que su boca quedó enfrentada al pubis de él. Sus manos quitaron totalmente el pantalón dejando al desnudo el pene y los testículos. Ella los tomó entre sus manos y acercándose abrió su boca dejando que el miembro se metiera dentro de ella. Con sus labios corrió la piel descubriendo la cabeza. Paso su lengua saboreándola mientras alzaba la mirada buscando en él la respuesta a tanto placer. Él tomó su cabeza con las dos manos y entrelazando sus dedos con el pelo acompaño el movimiento constante que producía. Adelante y atrás. Atrás y adelante. El pene entraba y salía cada vez más rápido. Cada vez mas fuerte. Tomándola por las axilas, él la incorporó frente suyo. Otra vez sus bocas se juntaron. Otra vez sus lenguas chocaban. Puso sus manos en su cintura y la giro hasta que su pecho se apoyó contra su espalda. Ella se inclinó levemente para que su cola sintiera la firmeza del miembro. Lentamente él le quitó la pollera y luego la tanga. Ya desnuda, separó sus nalgas y metió el pene duro en su ano empujando suavemente hasta penetrarla. Primero entró la cabeza y luego todo el tronco, causándole una mezcla de dolor y placer que la hacia gemir. Con movimientos firmes, ella empujaba contra el pubis para sentir la totalidad del miembro dentro suyo. Se aferraba al escritorio mientras él clavaba sus dedos en su espalda recorriéndola de arriba a bajo. Ella sentía en su interior la dureza y el grosor de ese pene erecto que la penetraba hasta su más profundo interior. Levantándose, ella volvió a apoyar su espalda en el pecho de él. Arqueó su espalda y tirando sus brazos hacia atrás por encima de su cabeza, acaricio con sus dedos el pelo de él. Luego giró hasta ponerse de frente y suavemente lo empujó con sus manos hasta sentarlo en la silla. Abrió sus piernas y lo montó. El pene entró en la vagina separando los labios húmedos hasta llegar al interior de esa cueva roja y mojada. Ella se movía como cabalgando y en cada movimiento sentía como el miembro de él se le metía mas y más. Los gritos de placer tapaban la música que todavía sonaba en la radio. El intenso calor hacia que los cuerpos desnudos transpiraran pegándose uno al otro. El momento cumbre estaba por llegar. Una explosión de semen estaba por saltar desde el pene hacia la vagina inundándola. Una catarata de jugo iba a empapar el miembro que ocupaba toda esa cavidad. Juntos y mirándose a los ojos derramaron cada uno sus líquidos liberando así toda una pasión contenida por mucho tiempo. Él derramó en ella hasta su ultima gota. Ella recibió de él hasta su ultima gota. Se abrazaron muy fuerte. Se besaron tiernamente. Aun con el miembro dentro de ella, se recostó sobre su hombro, descansando y reponiéndose del acto mas sublime que acababan de realizar. Así los sorprendió la noche. Apenas una luz tenue se colaba por las ventanas del segundo piso de aquel viejo edificio en el micro centro porteño. Por las ventanas entraba la luz de los focos que alumbraban la calle angosta. Apenas sus siluetas se dibujaban en la penumbra de la oficina que había sido hace unos instantes atrás, el lugar donde habían concretado ese amor que fue naciendo poco a poco. Él sentado en el sillón, ella sentada sobre su falda, enfrentados y abrazados. El calor reinante hizo que sus cuerpos desnudos transpiraran y se pegoteara el uno con el otro. Ya menos agitados, despertaron de esa pasividad que los había envuelto durante algunos minutos y que sirvieron para el descanso reparador. Se miraron a los ojos y una sonrisa cómplice se les dibujo en la boca. Un pequeño beso coronó el momento. Ella se levantó y tomándolo de la mano, lo ayudó a incorporarse. Se abrazaron muy fuerte y cada centímetro de su piel se pegó a la de ella como una caricia que les abarcaba todo el cuerpo. Ella giro dándole la espalda y el la abrazo por la cintura. Así apretados caminaron riéndose por los tropiezos contra el mobiliario que por la falta de luz se llevaban por delante. Buscaron la ropa desparramada por el piso y se vistieron. Él apagó las computadoras que seguían encendidas. También la radio y los ventiladores de techo. De la mano salieron de la oficina. Juntos esperaron el ascensor dándose besos y arrumacos. El ruido del mismo, los trajo a la realidad. Las puertas se abrieron y juntos lo abordaron. Abrazados salieron a la empinada calle del micro centro porteño, iluminada solamente por una tenue luz. Se miraron, se besaron y se desearon unas felices fiestas. Juntos emprendieron el camino, como unas horas antes lo habían hecho con el camino del amor.

escrito por Anonimo
Añadir a meneame Añadir a del.icio.us
¡Puntúa este relato! ¿cuantas estrellas merece?


Menú privado
Envianos tu relato erótico
Webs Amigas