Esta relación empezó hace algunas semanas, hasta ahora muy tranquila, con mi secretaria, una muchacha de 26 años, es decir 23 menos que yo. Es una chica muy mona, menudita, rubia, de ojos muy celstes, un cuerpo pequeño pero de buenas formas, que irradia dulzura y es muy femenina. Está casada y tiene dos chicos. Su relación con su marido no es buena, obviamente.
Desde hace ya unos meses, que me dí cuenta que me estaba sintiendo atraído por Silvina, de ella se trata. Su dulzura, su capacidad de entrega, su generosidad (hablo de trabajo) me hicieron sentir por ella un gran afecto, pero a poco, ese afecto, ese cariño se empezó a transformar en atracción y poco a poco en deseo. Así estaban las cosas, sin sobresaltos, aunque con “algo” muy ligeramente sobreentendido que no pasaba de unas miradas, unas sonrisas, alguna caricia muy discreta. Todo cambió la semana pasada, luego de la cena de fin de año de la empresa.
Fuimos a un restaurante conocido de Palermo a cenar y cuando terminó el brindis después de la cea, la mayoría decidió seguir la fiesta yendo a bailar. Yo, ya no estoy para eso, si estoy solo.
Silvina tampoco quiso y me había dicho que no quería ir hasta su casa (en el sur del GBA) porque estaba sin auto, que iría a la de su madre en Devoto. Le ofrecí llevarla y aceptó, con algún remilgo fugaz.
Salimos de allí cerca de la medianoche. No se dilató tanto la cena porque, al contrario de lo habitual, empezó bastante temprano, ya que fuimos dirctamnte de la oficina al restaurante. Ya en viaje decidí pasar por una confitería para tomar café, ya que ambos habíamos bebido bastante, aunque estábamos muy bien. Dos cafés dobles bien cargados, y todo en orden. Nos pasamos comentando, criticando, e intercambiando miradas de insinuación y de interrogación. Creo que ninguno de los dos tenía claro qué podía pasar esa noche, si algo podía pasar, cuál sería el límite.
La acompañé al auto, abrí la puerta y ella se zambulló en el asiendo. Llevaba un vestidito corto y amplio, celste de tela suave y brillante, sostenido por delgadísimos breteles. Al sentarse algo bruscamente, se le levantó bastante la pollera dejandome verle los muslos suaves y apenas tostados por el verano ya instalado. Sin embargo, esa noche refrescó y se levantó un poco de viento.
Cuando yo subí al auto ví que se había descalzado y me dijo que tenía mucho sueño y estaba cansada. Le propuse que usara mi hombro para dormir, si quería. Aceptó, extrañamente y apoyó su cabeza rubia, enrulada sobre mi hombro, para lo que tuvo que acercarse a mi. Levantó las piernas al asiento y se acurrucó ronroneando como un gatito. Eso me perturbó mucho y me sorprendió mucho más.
Yo estaba seguro de que Silvina, a pesar de ser una mujer joven, bonita y atractiva aunque muy discreta, era fiel a su marido. Es más, sabría luego que ella había llegado virgen a su matrimonio, con Daniel cuando tenía 20 años y él un par más.
Al sentarse con el cuerpo sobre sus piernas, debió recoger algo el vestido lo que dejaba ver sus hermosas piernas. Sus pies descalzos, suaves y pequeños me produjeron deseo. Se acomodó y yo comencé la marcha. A poco andar, ella misma me sugirió muy delicadamente entrar a los bosques, contra el lago. Elegí un lugar semioscuro y donde había algunos autos con parejas. Estacioné y ella divisó que estábamos en el sitio indicado… para dormir un ratito. Volvió a acurrucarse contra mí, y yo le pasé el brazo sobre los hombros, atrayéndola más a mí. Me miró como incrédula y yo, agitado y excitado, acerqué mi boca a la suya y le besé suavemente los labios. Ella se estremeció.
Seguí besándola, pero ahora ella abrió sus labios y su boca y dejó que entrara mi lengua para encontrarse con la suya. Fue un beso apasionado donde los jadeos de ambos predominaban en el silencio. Puse algo de música muy suave y volví a besarla. Ella respondió de manera sorprendente, para mi. Mi mano acarició su cintura y sus muslos. Cuando acabó su pequeño vestido, bastante subido, siguieron las caricias sobre su piel tersa, suave, algo tostada. Yo también me acomodé, igual que ella y entonces fui por todo. Mis hormonas masculinas, que todavía circulan bastante en mi cuerpo, hicieron de las suyas.
Mi mano comenzó a acariciarle las piernas por dentro, y subí por arriba de la línea del vestido, entre sus muslos tibios y delicados. Seguí subiendo hasta llegar allí, a su entrepierna suave, tibia y húmeda. Apreté fuerte y Silvina gimió y jadeó suavemente.
Cuando mi mano izquierda llegó alli, a la tibia y húmda entrepierna de Silvina, y y la apreté, ella gimió y jadeó levemente, delicadamente como ella es.
Ciertamente yo no estaba, a esa altura, en mis mejores condiciones para delicadeces, pero no la defraudé. Con suavidad recorrí toda esa zona, su piel, su bombacha. Estaba muy humedecida y eso confirmó todas mis expectativas. Ella seguía con sus leves gemidos, sin expresar otra cosa. La noté tensa, sin embargo, sentí que esa situación la excitaba, pero también la perturbaba. Le proporcionaba placer, pero también le ocasionaba temor. Gozaba con ello, pero también sentía culpa. Todo ello me lo confirmaría luego ella misma.
Pero yo no estaba dispuesto a seguir con una tarea que iba a llevarnos al camino del no retorno (en el que yo pensaba que ya estábamos) sin que ella, aunque sea en sus últimos momentos de cordura, antes de que sobreviniera descontrol, me dijera que si, que estaba dispuesta. No fue fácil. Insistí un poquito con mi mano izquierda en esa zona celestial que tienen las mujeres, pero que en el caso de Silvina es más que eso aún, algunos movimientos suaves pero definidos llevaron a mi mano a entrar entre su bombacha y su vulva muy húmeda, tibia, excitadísima y hacerle algunas caricias allí.
Interrumpí brevemente y le pregunté con determinación y firmeza: --Silvina: ¿querés seguir?
Ella, que tenía el rostro sonrojado y la respiración bastante agitada, pareció dudar. Mi mano estaba inmóvil sobre su vagina. La miré a los ojos que me estaban diciendo tantas cosas… la miré y le insistí: --¿seguimos Silvina…?
Ella no pronunció palabra, pero me besó en la boca con la pasión que no imaginaba podía demostrar. Su beso fue hermoso, dulce, pasional. La respuesta era una sola. Nada podría detenernos en los minutos que seguirían a ese momento.
De inmediato, con movimientos que parecían estudiados y perfectos (solo por casualidad) bajé el respaldo de ambos asientos, y logré que ella cambiara su posición. Comencé a sacarle la bombacha y ella ayudó tímidamente. Froté mi mano sobre su vagina, inundada de su líquido suave y viscoso, metí los dedos dentro de ella, busqué su clítoris con dedicación y oficio. A su encuentro y a mis caricias, Silvina respondió con unos gemidos profundos y movimientos de su cuerpo que me invitaban…
Noté que el lugar no era apropiado para lo que vendría, y aunque era un poco tardía la reacción, me detuve, volví hacia atrás las cosas y le dije: - Vayamos a un lugar más cómodo. Si?
Ella casi sin contestarme se reacomodó un poco, se puso su bombacha y se acercó mucho a mí. – Vamos a donde quieras, pero no me dejes así…! Lo dijo con suave delicadeza, casi suplicante, en medio de un ronroneo de gatito que ya se me hacía familiar, pero sin duda con gran determinación.
Emprendí el viaje con rapidez y bastante ansiedad hacia un hotel en el barrio de Belgrano, cerca de donde estábamos. Al llegar, ella pareció estar mucho más recompuesta y hasta me insinuó alguna duda. Quise darle la última oportunidad, yo estaba decidido a todo, pero no forzaría su decisión.
Fue fugaz su duda y con un gesto amoroso me dio la respuesta a mi última pregunta: -- ¿Entramos…?
…Ya en la cómoda habitación las cosas fueron más normales, tal vez porque ya no cabían dudas de las intenciones de ambos, ninguna otra cosa que lo que iba a pasar, podría pasar entre una mujer y un hombre en ese sitio. La diferencia de edad entre ella y yo, parecía mayor aún, no porque yo aparentara ser mayor, sino porque ella parecía más chica.
Todo se precipitó, al trasponer la puerta del cuarto semioscuro, Silvina se quedó por un momento parada, mirándose distraidamente a un espejo grande y arreglándose maquinalmente el pelo. Parecía turbada, parecía temerosa e insegura. A pesar de todo, quise que lo que pasara fuera muy bueno para los dos. Volví a preguntarle, ahora tierna y dulcemente acercándome mucho y a su oido: - ¿estás segura? ¿estás bien…? No me contestó, sólo se volvió a mí y me abrazó y me besó apasionadamente. Yo respondí de inmediato y nos entrelazamos en un abrazo y un beso apasionado, como pocas veces yo había experimentado.
Luego comencé a quitarle el vestido, bajé un bretel, el otro y el vestidito cayó al piso. Me aparté apenas y la ví así, en ropita interior y eso me provocó tanta excitación como ternura. Fue un impacto ciertamente. Ella empezó a desabotonar mi camisa y a besarme el pecho y abrazarme. Silvina mide 1,55 m más o menos y yo le llevo en altura más de 30 cm. Además, ella pesa 49 kg y yo cerca de 90.
Le quité el corpiño y aparecieron unas pequeñas tetitas, como de adolescente, bien formadas, bien firmes. Sus pezones estaban muy erectos, llamativamente notables y al menor roce, se estremecía toda ella. Allí fui, me agaché para besarle y lamerle los pezones provocándole gemidos ya intensos. Seguí hacia abajo y le bajé su encantadora bombacha, volví a notar la humedad en ella. Seguí allí arrodillado y busqué besar su pubis, su vulva. Besé y lamí ese sexo floreciente, anhelante y tremendamente excitado. Esos gemidos fueron más y más intensos. Me pidió que me elevara y ella fue quien se arrodilló para desprender mi cinturón, el cierre y bajar el pantalón que cayó al piso. Inmediatamente me bajó el boxer y observó un miembro semi erecto. Lo tomó con timidez en sus manos y mientras ella notaba que iba endureciendo más y agrandándose más, lo introdujo con torpeza en su boca. Vió como completaba una erección que (sin ser espectacular) resultaba importante. Más tarde me contaría que su marido tiene un miembro más pequeño, más blando y sobretodo que dura poco tiempo en ese estado.
Si de algo no sufro es de eyaculación precoz. Eso ya lo ha disfrutado y mucho mi mujer, de jovencitos, de adultos y ahora mismo, esa característica es importante en mi, más que satisfactoria, vida sexual: un miembro más o menos grande, bastante grueso, muy firme pero sobretodo, que dura bastante tiempo en ese estado, para goce de ellas.
Cuando su boca se llenó de mi miembro, ella trató de hacerme gozar en esa forma. No mostraba mucha destreza en aquello, pero si una inocultable intención de hacerme gozar. La ayudé a levantarse y volví a besarla en la boca. La tomé en mis brazos y la llevé hacia la cama sin cobijas. Fue tierno eso, porque me resultó demasiado sencillo cargar ese cuerpecito pequeño, suave, tibio y muy excitado. La deposité allí y sin más fui directamente a besar y lamer su vulva. ¡Qué delicia! ¡Qué placer inmenso! Su olor me deleitó hasta el límite. Ver a ese cuerpito casi adolescente retorcerse de placer gimiendo desesperadamente, es cosa grosa. Descarté cualquier simulación, de modo que entendí claramente que tuvo un orgasmo en ese momento. Me impresionó y me excitó mucho la manera en que arqueó su cuerpo gimiendo y conteniendo la respiración hasta agotarse en una exhalación tremenda acompañada de un grito glorioso. Eso duró unos minutos, o segundos, no lo sé pero fue muy bueno, muy excitante, tremendamente tierno pero con la cuota de pasión máxima que podóa expresar.
La verdad que con mi esposa pasa algo similar ahora, pero no es igual hacerlo con una mujer de 48 años y con 78 kg que con una veintidos años más joven y con 30 kg menos. Además, Silvina goza mucho, no cabe duda de ello. Goza con todo su ser, enteramente entregada al placer.
Enseguida comencé a subir mi cuerpo entre sus piernas encogidas, que me habían cobijado y facilitado la estada de mi boca y mi cabeza sobre su sexo, para provocarle ese placer inmenso, ilimitado.
Seguí besándole y lamindo ese cuerpecito que estaba más laxo, relajado y tibio. Mi cuerpo pesado y grandote la cubrían toda, y ella se extremecía y se acurrucaba constantemente debajo mío. Volví sobre sus pezones, que me volvieron a llamar la atención por su tamaño y rigidez. Un beso suave y se estremeció, una lamida y gimió… fui por todo y esas tetitas podían caber en mi boca deseosa. Volvió a gemir y a balbucear cosas no entendidas por mí. Acompañó a mi cuerpo, me guió y me sugirió con gestos, caricias y susurros de gatito que me acomodara y… ayudó ella misma a mi miembro muy erecto que se estacionó allí, en la puerta misma de su sexo y de su cuerpo encendido, gimiendo permanentemente.
La penetración fue lenta, suave y cuidadosa. Al principio noté que se tensó toda y que pareció temer algo. La penetré con toda la dulzura de que soy capaz, y aseguro que en esas circunstancias, la miel suele ser amarga al lado mío.
Ella gimió profundamente, tuvo un instante de vacilación y se entregó plena a gozar. Estuvimos unos minutos así, entrando y saliendo de ella mientras ella gozaba y gemía. Yo sentía un placer sin igual, no solo por mi propio goce, que era inmenso sino también por apreciar el goce de ella, que estaba cerca ya del éxtasis y realimentaba mi pasión y mi goce.
Nuestros cuerpos se tensaron, élla se arqueó, yo me incorporé algo tratando de profundizar la penetración, ella gritaba a cada embestida mía, y me besaba y me abrazaba, y se agarraba de mí y gemía y gritaba… Perdimos por completo el control, unos segundos o minutos más y nuestros cuerpos explotaron en grito, jadeo, respiración cortada y agitada, mil abrazos, la transpiración de los cuerpos más hermosa y deseada, el gemido profundo, la respiración contenida, ese placer inmenso, indescriptible que viene desde el sitio más profundo de tu cuerpo, que va llegando produciendo el mayor de los placeres y a la vez acercándote a la sensación de morir, y va llegando y llega y…. al fin!!! La explosión es total, feroz, interminable y fantástica.
Le dejé en su pequeña y ardiente vagina una gran cantidad de semen producto de una eyaculación contenida, deseada pero controlada para su placer infinito, por un largo rato.
Ella me diría más tarde que jamás soñó sentir un placer semejante con un hombre, que era imposible con su marido, que terminaba muy apurado y nunca le proporcionaba placer suficiente. Para empeorar su relación, a él tampoco le agradaba el sexo oral.
Luego llegó la calma, llegó la paz entre esos cuerpos sudados y apretados. Nos quedamos un buen rato así, juntitos, abrazados, pegoteados. Eso también fue excepcionalmente bello.
Y no íbamos a dejar la cosa allí… Silvina vió mi miembro casi flaccido y lo tomó en su mano: –Qué podré hacer por ti!!???, dijo alegre, feliz como nunca la había visto. Lo introdujo en su boca y comenzó una tarea casi apostólica… Pero nos sorprendió la rápida reacción de mi sexo que en pocos minutos había retomado una erección tan o más potente a la anterior…
Con la misma alegría y aparentando una sapiencia y una experiencia en estas lides que es evidente no tiene, Silvina tomó mi miembro bastante erecto y lo introdujo en su boca, ahora con algo más de técnica, pero no mucha. El tamaño llegó al punto máximo y yo que ya estaba empezando el vuelo cuando noté que se le dificultaba bastante mantenerlo en su boca. Algunos movimientos espontáneos míos le hacían entrar a fondo y ella se atragantó y tuvo la sensación de arcadas que sólo una muchacha inexperta puede tener en esta condición. Traté de retirarme, aunque contra mi deseo animal, pero ella enseguida lo volvió a tomar y lo llevó a su boca. Sola se recompuso y levantaba y hundía su cabeza, acompañando la introducción del pene en su boca. Su lemgüita traviesa también hacía lo suyo, lamiendo partes de mi miembro más sensibles, chupando y acariciando todo mi sexo. De momento parecía una experta, en otros, denotaba no sólo su inexperiencia, sino también su íntima resistencia a esa práctica.
Cuando lo entendí así, haciendo gran esfuerzo, volví a intentar salir de allí diciéndole: -- ¿te molesta, estás incómoda, querés dejar…???
Levanto la mirada hacia mis ojos, se mostró dulce y tierna y volvió a su tarea, cada vez más pesada para ella y, para mi, cada vez más comprometida, porque mi excitación era ya insostenible y sin regreso.
La miré y sus ojitos me hicieron temblar. Insistí en que no quería acabar dentro de su boca, pero su decidida acción sobre mi miembro me hizo estremecer de placer. Ya no podía volver de ese lugar, ya se acercaba despacito, despacito una sensación de placer que nacía en el fondo más profundo de mi ser. – Estoy dándote permiso, déja que venga… me dijo entre sus lamidas y su agitada excitación… Y se acercaba más, más y más. Y mi cuerpo gigante, a su lado, comenzó a tensarse y el placer crecía y crecía. Mi respiración se agitó, comenzó a entrecortarse, gemía y jadeaba de placer, mi cuerpo se encendía, el placer llegaba abarrotándose sobre mis genitales, y allí estaba a punto de explotar y me quedé sin aire… y… una exhalación profunda, tremendamente profunda y queda, me hizo vivorear y sentir que el más alto nivel de éxtasis estaba llegando, y llegaba y… la explosión total, final, extraordinaria… incomparable…
Un chorro de semen violento le llenó la boca y el segundo, más fuerte aún, le volvió a provocar arcadas, que increíblemente controló con una determinación verdaderamente notable. Yo todavía estaba en esa situación de éxtasis total y como esperando, todavía ese gran, ese inmenso placer que acompañó a un tercer borbotón de semen justo cuando mi cuerpo se había arqueado e una desesperante ansiedad de sentir…
Con entereza increible, Silvina tragó todo mi semen y lo que, en menor medida, intensidad y violencia continuó arrojando mi pene todavía erecto y fuertemente sostenido y apretado por la mano de ella y con el glande dentro o muy cerquita de su boca.
Terminé totalmente agotado, con todo mi cuerpo temblando, con 180 pulsaciones, con la respiración agitadísima y el corazón a punto de escapar… Hacía tiempo, mucho tiempo que no tenía una experiencia así. (Mi mujer me proporciona placer, ciertamente, pero cuando está llegando el momento cumbre, siempre retira mi pene de su boca haciendo que termine fuera de ella, no es malo, pero nunca es igual a lo que me dió Silvina esta vez…)
Me llevó unos minutos reponerme, también a ella. Yo quise devolver tanta dedicación y, a la vez. Disfrutar otra vez del placer sensacional que me daba lamer y chupar su vulva, su clítoris, todo su sexo encendido, ardiente como no podía imaginar…
Y fui allí, con total decisión, mi lengua recorrió mil y una vez toda su vulva, buscó su clítoris notablemente excitado, tenso y vivo, metí mis dedos en su vagina y buscaba todos los lugares del placer… y vaya que encontre el lugar, ese lugar, ese puntito sublime y especial, ese que le provoca el placer más intenso, ese que la enloquece, ese que le produce la máxima excitación, el climax más profundo, el placer máximo, ese que le brinda la posibilidad de un orgasmo brutal, potente, intenso y duradero. Ese que parece haber llegado a culminar y tras ello vuelve otra vez más intensamente, y otra vez…y vuelve otra vez…
Yo escuchaba los gemidos de Silvina y me deleitaba con ello. Sentía cómo vibraba, cómo se retorcía por dentro y por fuera de placer… veía sus ojos abiertos al máximo en momentos y cerrarse suave, dulcemente luego, observaba su rostro enrojecido, su naricita pequeña y respingona ensancharse y enrojecer, gozaba con los gritos incontrolados de placer que vinieron luego, esos gritos desesperados, que la hacían arquearse y tomarse de las sábanas ya deshechas, buscar desesperadamente algo de donde asirse…
Nunca, jamás había encontrado ese puntito sublime en mi mujer. Acababa de tener la primera experiencia encontrándolo y gozando de la inmensa, indesciptible, extrema sensación de placer que una mujer puede sentir y que un hombre puede brindarle. Tuve que abandonar eso, porque su incontrolada excitación, fue trocando en una sensibilidad tal, que en un momento comenzó a provocarle cierto dolor, cierta incomodidad, y me suplicó que me detuviera…
Vivir eso, hacerle eso, comprobar el grado de excitación y placer extremo logrado por Silvina y por mí provocado, terminó por provocarme a mí otra fuerte erección, pero mis fuerzas se habían agotado y también las de ella.
Luego de un buen rato, necesario para reponernos, ambos fuimos al baño para higienizarnos. Mi erección no se controlaba y, ante la posibilidad de que esto no terminara allí y lo avanzado de la hora, decidí salir y esperar que ella terminara de bañarse para hacerlo yo.
Salimos del hotel con el cielo empezando a aclarar. Circulé rápido hasta la casa de su madre. No le llamaría la atención por la hora, porque la mamá de Silvina vive siempre en otro mundo, entre el alcohol, el cigarrillo y el astío. Efectivamente, ni notó su llegada ni su salida poco rato después.
Yo llegué casi a las 6 am a mi casa, mi esposa dormía y yo ligeramente me desvestí y fui a ducharme nuevamente, como si recién me hubiera levantado, ya que era la hora en que lo hacía siempre. Cuando salí del baño y mi mujer se despertó, me vió desnudo como siempre y me preguntó --¿Cómo te fue, anoche? No te oí llegar! Yo le respondí: Bien, estuvimos hasta tarde porque la comida no la servían nunca, pero estuvo bastante bien. Luego me vestí, le serví el desayuno y tomé el mío y me dirigí a mi oficina, sin haber dormido ni un minuto.
Ese día en la oficina, hubo mil chismes y comentarios. Parece que varios y varias tuvieron su noche un poco especial. De nada nos habíamos enterado nosotros, que habíamos vivido la más especial de todas.
Silvina vino a verme varias veces con un chisme diferente, horrorizada y como intrigada, tratando de saber qué pasaba entre los integrantes de esa oficina. Me resultó gracioso y muy extráña su actitud, que perecía idéntica a la de siempre, pero como si nada hubiera ocurrido la noche anterior.
Procuramos que nada se notara, pero fue difícil ocultar las ojeras de ambos, producto de la noche de insomnio y lujuria. Ella se maquilló bastante para disimularlas, pero no le fue fácil. Las mías se caían de mi cara. Nadie sospechó, al menos eso entendimos los dos.
Esa jornada y la siguiente fueron bastante normales, sólo que entre Silvina y yo, había un fuego que nos costaba controlar y disimular.
El viernes siguienmte la Compañía dio asueto por ser el día prévio a Noche buena y trabajaba poca gente del sector. Sin embargo, como había algunos temas atrasadops y bastante orden por hacer, decidí ir a la oficina y pedirle a Silvina que lo hiciera también, cosa no demasiado frecuente pero que ya habíamos hecho. En realidad, había trabajo para la mañana, como máximo, pero ambos dijimos que nos llevaría jornada completa, larga. Sabemos que en días así no hay conmutador, de modo que sólo pueden hallarnos por celular. Nos encontramos a las 9 am en el bar de abajo y tomamos un café con jugo de naranja y facturas. Un desayuno copioso.
Silvina llevaba un pantalón blanco de tela de algodón algo translúcido de tiro corto muy actual y juvenil y una remerita rosa cortita. Calzaba hojotas chatitas en cuero rosa y una hebilla rosa sujetándole el pelo.
Yo teenía un pantalón de poplin crudo, una camisa de mangas cortas a cuadros al tono y zapatos náuticos marrones.
Cuando subíamos en el ascensor, solos – el edificio tenía muy pocas unidades operando – Silvina se acercó a mí y me dio un beso en los labios. Apenas respondí porque no quería edelantar las cosas. Mi programa era trabajar intensamente a la mañana, salir a mediodía comer algo e ir a un hotel cercano a unas 7 cuadras de la oficina. Dispondríamos facilmente de 4 horas para nosotros.
Trabajamos fuerte, yo elaborando dos informes importantes para la semana siguiente y autorizando unos 20 expedientes para pagos a efectuar en los próximos días. Controlé varios documentos y el tiempo me rindió mucho. Ella ordenaba sus papeles y los míos. Tenía bastantes cosas para archivar o derivar y además, me hizo varias cartas para despachar el luens siguiente.
Mi oficina se separa de su lugar de trabajo por una pared vidriada protegida por una cortina americana. Lo único provocativo y no habitual, fue que levanté esa cortina para vernos constantemente. Cuando ella se agachaba para algo, o se paraba trabajaba sobre su mesa de trabajo, dejaba ver su cinturita desnuda, que dejaba entre el pantalón de tiro corto y la remerita corta. Florecía apenas el borde superior con puntilla de su prenda interior y además me dejaba observar la transparencia de la bombacha rosada sobre sus nalgas doradas, a través del blanco pantalón.
Ese panorama me excitaba y me distraía algo, aunque cuando estoy trabajando, no me disperso casi nunca. Habíamos avanzado bastante. El órden se apreciaba claramente y yo había adelantado tareas importantes. Eran cerca de las 12 y decidí visitarla en su vecino puesto de trabajo. Hice bromas sobre el órden y prolijidad extrema que observaba, poco habitual allí. Se agachó para levantar los últimos papeles del piso y me excitó esa colita perfecta que se dejaba presentir a partir de una cinturita hermosa y unas caderas que se insinuaban fabulosas. Hice un gesto, propalé un HUMMMMMMMMM!!!!!! Y una mano se adentró allí buscando su cola preciosa. No progresé en el intento.
Pero sí propuse pedir a un local cercano algo de comer y tomar para luego poder irnos al hotel. Así, clarito lo dije y ella aceptó de buen grado.
Unos sandwiches de miga recién hechos, jugos de naranja, bebidas energizantes para mezclar. Luego pedí dos cafés dobles y otros jugos. Disfrutamos de todo eso que estaba muy agradable.
Serían la 1:30 pm cuando ya llegábamos a la puerta del hotel por horas que nos quedaba más o menos cerca. Nos llamó la atención el tráfico dentro de ese hotel. Tuvimos que aguardar unos minutos en un privado pequeño mientras limpiaban una habitación recién deshabitada. Bebimos más café y yo fumé un par de cigarrillos. En ese sitio ella me preguntó qué me gustaba más de ella: Todo me encanta de ti, le respondí. Pero ella insistió: qué te gusta más, más. Tu cara preciosa, tus ojos, tu naricita, tu boca… le dije.
Y de mi cuerpo, qué parte te gusta más, cuál de ratonea más? Me preguntó.
La verdad – respondí – me encanta tu cola firme, redondita, pequeña pero muy sexi…
Ahhh!!! Me dijo como perturbada. Entonces lo que más te gusta es mi cola? Si, por dupuesto, es preciosa…
A l tiempo nos informaron de la habitación libre y lista. Allí fuimos y apenas atravesamos la puerta, vimos un cuarto agradable pero nada especial. Eso sí, una cómoda cama doble que nos invitaba a la lujuria.
Sin perder mucho tiempo, le dí un beso suave al principio, pasional luego que le hizo perder la respiración. La tomé en mis brazos y la paré a mi lado empezando a quitarle su ropa. Primero la remera, luego el corpiño. Bajé su pantalón blanco y deslicé hacia abajo la bombachita rosa. Allí estaba ese cuerpito precioso, totalmente desnudo a mi discreción. Se acostó en la cama y simuló algo de pudor cubriéndose la vagina con una mano y los pechitos con al otra. De inmediato me empzó a desvestir a mí. Voló la camisa dejando libre mi pecho velludo. Bajó mi pantalón, quitó los náuticos y vió que el slip no podía contener mi excitación. Lo quitó y voló por el aire mientras me tironeaba sobre la cama.
Allí estábamos los dos desnudos, ansiosos y excitados. Empecé por besarle y lamerle los pezones ya erectos, duros y grandes, besé todo su cuerpo fui bajando por su pancita deliciosa, lamí su ombligo y llegué al lugar ansiado, al más deseado, besé los labios de su vagina que estaba expuesta a mí porque Silvina había abierto las piernas para ello.
Fui por más y comencé a lamerle su clítoris ya notable y ertecto. Pronto logró su primer orgasmo, fue intenso, fue imdescriptible como lo es siempre ese sumun de placer.
Pronto me reubiqué para lograr una penetración. Eso fue muy hermoso, ella gozó como no cabía imaginarlo, yo tuve un orgasmo y una eyaculación victoriosa, tremenda, brutal.
Luego de un rato, el cansancio nos hizo dormitar unos minutos. Al rato nos despertamos ambos y como teníamos sed, pedimos un par de jugos y bebidas energizantes, para ayudarnos…
Estábamos bebiendo y ella volvió a preguntarme si estaba seguro que lo que más me gustaba era su cola. Le insistí y el dije: Mirá Sil, hoy me volviste loco con esa cola hermosa. ¿No te dabas cuenta lo que me excitaba mirarte en al oficina con ese pantaloncito y dejando verte la puntilla de la bombachota…?
Se puso como vergonzosa, mimosa y otra vez apareció el ronroneo de gatito. Se dio vuelta y me dio la espalda, tomando casi posición fetal. Yo me apreté a ella y mi miembro, otra vez erecto se acercó a su cola. Estaba muy excitado y creo que las dos energizantes me trastornaron un poco. Yo mismo me sorprendí de la erección que tenía, luego de un orgasmo tan pleno. Sin pensar mucho, la tomé y la puse en esa misma posición, pero cola para arriba. Me puse atrás de ella y comencé a presionar con mi pene. Fui por su vagina y de hecho la penetración fue violenta y profunda. Ella ya gemía otra vez a cada embestida mía, y exclamaba que llegaría otro… pero yo extraje de allí mi miembro y lo apoyé sobre la pequeña entrada de su ano. Arrastré bastante flujo de la vagina hacia ese orificio, impenetrado hasta ese momento. Volví a apoyarlo y ella exclamó: ¡No! ¡Así no, por favor! Pero yo ya estaba presionando para introducirlo, aunque notaba que su orificio no estaba preparado aún. Me retiré y le introduje un dedo lenta y suavemente. Con más flujo lubricante, iba más adentro. Estaba más alistado y volví a colocar mi pene. Yo estaba agitado, torpe y muy excitado. Ella estaba excitadísima pero tenía miedo. Tomé algo de distancia y deseaba que Silvina cambiara de posición para evitar lo que vendría, pero no fue así, ella permaneció en al posición y verle esa cola preciosa me excitó más, fui contra ella y empecé a forzar la penetración.
Ella gritó: ¡No, por favor! ¡No lo hagas! Pero ya era tarde, yo había empezado a perder el control y no pude evitarlo… Luego de intentar introducir la cabeza, eso se tornó dificultoso y comprendí que era doloroso pàra ella, también lo era para mí, que no usé – como nunca lo hice – protección alguna. Insistí con mucho esfuerzo, ella gritaba ¡No! ¡Noooo!!! Pero yo no podía detenerme, y en un esfuerzo tremendo, la tomé por las caderas y apreté fuerte hasta introducir casi todo mi pene dentro. Sentí casi un aullido de Silvina y un grito ronco ¡Noooooooo! Pero en ese instante, con menos placer que otras veces, un borbotón de semen fue expulsado de mi miembro y eso pareció aliviar bastante el dolor de Silvina, que se aflojó bastante y pareció hasta que ella misma movía su cuerpo paraque la penetración fuera más profunda. Pero no dejaba de jadear y gritar fuertemente.
Aclaro que esta práctica es habitual con mi esposa, hoy en día. No quiero acordarme de lo que fue la primera vez, cuando ella tenía apenas 16 años, tal vez.
Pero actualmente, no le produce casi dolor y éste se compensa con mucho placer que lo acompaña luego, así lo dice ella cada vez que lo hacemos. Claro, desde esa vez hace más de 40 años, hemos hecho un trabajo paciente y agradable ambos.
Cuando me retiré de allí, ví que un chorro de semen salía de su ano y ella se recompuso bastante. Temí que me odiara, después de eso…
Te odio! me dijo percisamente, pero de inmediato me besó y me abrazó como no imaginaba que lo hiciera en ese momento.
No me gustó lo que me hiciste, pero ya lo podremos mejorar. A mí me gusta que el hombre haga todo lo que quiere hacer, que sea un poquito bruto, me gusta… me encantóooo!!! me dijo arrojandose sobre mí. Me besó y me abrazó tierna, intensamente.
Estuvimos un buen rato besándonos, acariciándonos en todos los sitios, los más íntimos también. Nuestros cuerpos estaan entrelazados y rodamos varias veces sobre al extensa cama. Disfrutamos eso, mucho, tremendamente. De pronto yo empecé abesarle centímetro a centímetro todo su cuerpo, y a acariciarle todo su cuerpo y ella se excitó tanto que casi no podía contenerse. Entonces invertimos la escena y ella repitió excatamente lo mismo en mi cuerpo que estaba a poco, tan sensible y excitado queno podía soportar un roce… Mi miembro staba excitado y la erección eraaa bastante fuerte. Ella entonces lo metió en su boca y lamió durante un rato todo mi miembro ya muy erecto. Siguió un rato más y cuando notó que yo estaba cerca de la eyaculación, lo abandonó y se entregó con sus piernas bien abiertas a la penetración. Acabamos en pocos minutos, con un orgasmo compartido brutal, intenso, casi violento.
Al cansancio total siguó la paz de un encuentro abrazados tiernamente, aunque con la respiración muy agitada aún. Fuimos recobrando la normalidad y notamos que era hora de partir. Nos duchamos juntos, y hubo algunos intentos que desfallecieron en nuestras fuerzas desfallecientes.
Eran más de las 6 pm y entramos a un café donde pedimos otros dos cafés dobles bien cargados. Caminamos normalmente hacia la cochera donde ambos guardamos nuestros autos: Mi Peugeot 306 y su Ford K. Nos despedimos con un beso en los labios, bastante provocativo, a expensas de la oscuridad de ese sitio.