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Jamás olvidaré el lugar: La mejor
habitación, la N° 42, del más lujoso y recientemente inaugurado
hotel de alta rotatividad de nuestra ciudad.
Y menos olvidar a Laura, con
quien compartimos ese día allí una botella Mágnum de champaña Brut bien helada.
Pero para ir a los hechos debemos
ubicarnos también en el tiempo. Era una nubosa mañana de otoño con su fría
llovizna pertinaz, que invitaba a viva voz a no estar a la intemperie.
La botella en cuestión era un
regalo que tiempo atrás me había hecho una cliente de nuestro estudio de
abogados, en atención al resultado favorable del juicio en el cual la habíamos
patrocinado.
Tanto Laura como yo somos afectos
a esta bebida y siempre concordamos que la mejor ocasión para disfrutarla es cuando la compartimos en nuestros
encuentros amorosos.
Y la ocasión se dio. Si bien no
era la primera vez que íbamos a estar
juntos íntimamente, esta había sido planeada con anterioridad mucho cuidado y
prestando especial atención a todos los
detalles. El plan era quedarnos hasta la noche desde la hora habitual de inicio
en la mañana de nuestra jornada laboral en el estudio. Durante todo ese día
“nuestra oficina” sería ese lugar tan disímil de la de todas las mañanas.
También Laura estaba distinta. No
era porque a diario que se vistiera y arreglara con mal gusto, sino todo lo
contrario. Pero esa mañana estaba radiante, más bonita que de costumbre, lo
cual no era nada fácil. Se había maquillado con mucho esmero, dando un marco
especial a sus profundos ojos color miel y acentuando el volumen de sus
carnosos labios, los cuales sabía que eran un detalle muy sugerente en su
cautivador rostro. Subida a esos zapatos de fino tacón, era de esas mujeres que
al caminar cadenciosamente, como bien sabe hacerlo, no pasan en absoluto
desapercibidas, sino que por lo contrario hacen que más de uno desvíe la vista
hacia su bien proporcionado cuerpo.
Esa mañana, no más traspasar la
puerta de la habitación, entramos a un mundo creado pura y exclusivamente para
el disfrute de la sensualidad en todas sus formas.
Una dulce melodía de fondo nos
recibió en un ambiente suavemente perfumado, con una iluminación tenue pero que
permitía observar todos los detalles, dado que la vista es uno de los sentidos
esenciales en toda relación de pareja. La temperatura era ideal en toda la
habitación, lo cual permitía prescindir con comodidad no solo de las
vestimentas habituales en esa época del año, sino de toda otra prenda de ropa,
tal como teníamos pensado hacer.
Despojándonos presurosamente de
nuestros abrigos y depositando la botella Mágnum que Laura llevaba acunada en
sus brazos en el frigobar, nos dimos al juego de observar el lugar,
reflejándonos en los innumerables espejos que rodeaban la estancia, así como en
el que estaba estratégicamente ubicado sobre el enorme lecho. Enorme también
era la bañera de hidromasajes, la cual estaría pronto llena de burbujeante agua
caliente.
No podíamos dejar de besarnos y
acariciarnos, a la vez que nos describíamos entre gemidos las mil y una cosas que nos íbamos a hacer
mutuamente. Estaba magnífica en ese vestido negro ajustado que tanto me
enloquece. Al pasar la mano por sobre la fina tela pude disfrutar de todas las
redondeces y recovecos de su estupendo cuerpo de hembra, la que sabía que en
poco rato iba a ver satisfechos todos sus lujuriosos deseos.
Y así es como gustaba mostrarse
ante mí, con toda su pasión a flor de piel y sin tapujos de ningún tipo,
sabiendo que ofreciéndose a mí como una verdadera puta, sin remilgos de ningún
tipo, me hacía el hombre más feliz., a la vez que sabía yo que no le
desagradaba en absoluto y no le costaba nada actuar de esa manera, sino que era
algo natural para ella, a la vez que disfrutaba del juego a la par mía.
Encendimos la TV de amplia pantalla en la
cual mostraban un video de un hombre acostado de espaldas y a dos rubias
buenísimas que se deleitaban lamiendo y disputándose fingidamente su gran verga
que apuntaba al techo como si en pocas horas fueran a prohibir las mamadas. En ese momento fue
que me abrazó por detrás y comenzó a
restregar mi espalda con sus turgentes tetas, a la vez que me decía
susurrantemente al oído: “Te prometo que para celebrar tu cumpleaños te voy a
dar una fiesta de esas”.
No pude más y la giré para
enfrentarla fundiéndonos así ambos en un muy caliente duelo de lenguas, como
preámbulo de todo lo que íbamos a utilizarlas en el resto del día.
Allí comencé a buscar a su
espalda la cremallera de su vestido, pero no más allá de la mitad de su
recorrido ella se desasió de mi abrazo y con una sonrisa entre infantil y pícara,
que insinuaba sin lugar a dudas un enorme morbo, me dijo: “Hoy las cosas las
hago yo. Tú solo tenés que esperarme con las copas servidas y sentado en el
sofá”, dicho lo cual tomó su bolso y se fue rápidamente al baño.
Ni corto ni perezoso procedí a servir
dos copas rebosantes del frío champaña, las cuales dejé sobre una mesilla,
dedicándome luego a disfrutar del DVD en el cual esas dos estupendas hembras le
estaban prodigando esa soberana mamada a dos lenguas a tan afortunado tío.
La aparición que tuve al abrirse
suavemente la puerta del baño la tengo grabada a fuego en mi mente. Aparte de las sandalias negras de altísimo
tacón sujetas a sus esplendidas pantorrillas con finísimas tiras de cuero,
subiendo la vista y al final de esas hermosas piernas , lucía un súper
minúsculo tanga del mismo color, del cual su parte posterior se perdía al
interior de su hermoso culo. Cubría su torso solo una muy corta camisa de seda
blanca desabotonada en su totalidad, con lo cual al entreabrirse dejaba ver ese
par de hermosas tetas. Pero para culminar la obra, al cuello lucía un pequeño
moñito negro, lo cual le daba un toquecillo de morbo impresionante.
Con un andar felino que tan solo
de verla me quitaba el aliento pegó un lento giro sobre si misma para que
pudiera admirarla. Y vaya si lo hice...
Tomando ambas copas de la mesilla
caminó seductoramente hacia donde estaba yo sentado, a la vez que me decía mientras me ofrecía una de
ellas:
-“Quedate quieto que hoy voy a
servirte yo... Y voy a complacerte en todo además de servirte,- agregó en un
tono de voz ronco acorde con su mirada lujuriosa y sus movimientos voluptuosos
cargados de una hasta ahora reprimida calentura que bien sabía que se iba a
sacar conmigo.
Y allí comenzamos nuestro
brindis:
-“Por la mejor hembra de mi
vida”, dije yo.
-“Por el mejor macho que me he
cogido”, dijo ella.
Seguimos en estos términos, ella
librándome de mi corbata y camisa y yo de la suya, con lo cual quedó solo con
su tanga y moñita y ofreciéndome esas dos tetas que pedían a gritos que se las
comieran. No las hice esperar porque derramé a propósito un poco de champaña
sobre ellas y comencé a lamerlas como si en ello me fuera la vida. Yo seguía
recostado en el sofá mientras ella me pasaba juguetona sus pezones por la cara,
a la vez que se afanaba en mi cinturón, el cual desabrochó rápidamente para
agacharse a sacar mi pantalón.
Así, yo en boxers y ella en
tanga, nos pusimos a bailar y más que a bailar, a restregarnos
desesperadamente, a lo cual la giré y comencé a hacerle notar mi paquete en su
colita.
Para qué..., agarrada por detrás como la tenía, se
adelantó unos pasos hasta quedar parada frente a uno de los enormes espejos que
nos mostraban de cuerpo entero donde siguió contorneándose a la vez que con sus
manos acariciaba su cuerpo. Me quité inmediatamente los boxers y me aproximé a ella por detrás abrazándola.
Al sentirme desnudo a sus espaldas fue que entonces llevó mis manos hacia arriba para que sobara mejor sus
tetas, a la vez que ella movía su culito contra mi verga ya totalmente dura a
estas alturas, bajando yo una mano para acariciar su concha, ya totalmente
húmeda por entonces.
Mi verga se deleitaba con el roce
de su culo dado que la minúscula tira del tanga no estorbaba en absoluto porque
se había deslizado ya muy adentro. Prácticamente se sentaba en mi pija
diciéndome lo rica que estaba y como me la iba a mamar en poco tiempo.
Imposible de seguir así, fue que
me arrodille y con los dientes comencé a morder los bordes del tanga hasta
bajarlo hasta sus pantorrillas, a la vez que mi lengua se deleitaba en todos
sus poros lamiéndola por todos lados y haciéndola gemir como yegua en celo.
Mientras tanto, los restos de
champaña se los vertía ella por las tetas y el ombligo, saboreándolo yo
finalmente cuando llegaba escurriendo hasta la entrada de su concha. Que placer
saborear esa caliente concha con gusto a champaña al tiempo de oír a mi hembra
decir todas las guarradas inimaginables. Mi lengua se perdía en sus
profundidades cogiéndola a lengua literalmente. Para terminar esta parte debo
decir que finalmente levantó su pierna derecha apoyándola al borde del sofá y
yo me dediqué a esa cogida lingual hasta que ella estalló en un profundo
ruidoso y húmedo orgasmo, luego del cual ya no le quedaron fuerzas ni para
estarse de pie, con lo cual debí ayudarla a caminar hasta el lecho para quedar
allí tumbada, repitiendo “Que linda cogida, papito”.
Ahora me tocó a mí servir otra
copa de champaña para cada uno, brindando por la próxima acabada...
Cuando Laura iba por la mitad de
la suya, la dejó sobre la mesilla junto a la cama y con una sonrisa cómplice me
dijo: “Te voy a demostrar que mi lengua también puede dar mucho placer”.
A lo cual comenzó a lamerme el
pecho, y cuando cerré los ojos me lanzó encima el resto de su copa, lo que me
hizo pegar un brinco. Ahora tenía la verga y las bolas empapadas de champaña, con lo cual estaba todo
dispuesto para que la fiesta diera comienzo. Y ya que ella era insuperable como
fiestera, alli vamos.