Querido lector, aunque parezca una fantasía erótica, este relato es tan real como tú y como yo.
Mi nombre es Jeannette, tengo 32 años, y soy la típica española. Morena de piel; pelo largo, rizado y negro como el azabache.; ojos color miel que echan para atrás; labios carnosos y sonrosados; no soy alta, mido aproximadamente 1,68, y no llamaría mucho la atención sino fuera, por mi delantera (como ya he dicho soy tipical spanish). No es que sea una top model, pero la verdad es que para tener una hija de 15 años estoy más que bien.
Hace un año, la clase de mi hija se fue de viaje de fin de curso a Tenerife. Era una clase muy conflictiva y ningún adulto en sus cabales quería hacerse cargo de esos virus llamados comúnmente niños. Hacía un año que me había divorciado y todavía no había vuelto a salir, así que mi hija, la muy pendona decidió que sería buena idea llevarme y que me distrajese, al mismo tiempo que las vigilaba.
Así que allí estábamos, el profesor asignado por el instituto, los 36 bichos y yo. El profesor se llamaba Iván, tenía unos 35 años aproximadamente; no me extraña que mi hija quisiera que fuera, la verdad es que por ver a ese pedazo de monumento latino merecía la pena arriesgar la vida en un viaje con esos salvajes. Era todo lo que una mujer se imagina en sus más ardientes e intimas fantasías, y además (por suerte) se acababa de separar (pobrecito).
Nada más llegar al aeropuerto de Los Rodeos en la parte norte de Tenerife nos esperaba una Guagua para llevarnos al hotel Duquesa. En el trayecto tuve la oportunidad de descubrir que Iván no solo estaba potentorro, sino que además era un encanto; pero como todos sabemos el hombre perfecto no existe, y el “pero” que tenía Iván era que todavía le quedaban secuelas de la separación. Iba a ser un hueso duro de roer.
Una vez instalados decidimos ir a explorar el Puerto de la Cruz. Yo, por supuesto, me convertí en su sombra, y cada minuto me gustaba más. Al regresar al hotel las niñas se dieron cuenta de que en una plaza frente al hotel había una discoteca. Se llamaba “ La Peni ”, y por tal de no aguantar los berrinches de todos decidimos ir por la noche.
Como es lógico un grupo tan numeroso de persona llama mucho la atención, así que cuando estábamos en la cola para entrar en la discoteca el relaciones publicas de la discoteca viene hacia mí (la verdad, destacaba entre toda aquella jungla). Las niñas se volvieron locas. Yo sinceramente me pregunto, ¿este tipo de hombres es humano?, Iván ( que estaba para echarle tres polvos sin parar) a su lado parecía el jorobado de Notterdam. El muchacho en cuestión era alto, su piel bronceada por el sol se me asemejaba al chocolate que cubre los helados mágnum (¿sabría igual?); sus ojos eran rajados y de un negro tan profundo que una creía perderse en ellos; su boca era todo un monumento a la belleza, sus labios gruesos y carnosos parecía que me decían ¡ Cómeme!. Su cuerpo (musculoso, pero todo natural, nada de gimnasio) se ceñía en unos pantalones de cuero que hacían que su trasero (¡Dios que culo!) sobresaliera llamando la atención de todo el personal femenino que se encontraba por la zona.
El hecho es que Fran, así se llamaba, nos invitó a entrar a todos GRATIS, increíble pero cierto. Una vez dentro, y después de 2 horas de presentaciones y demás protocolo me cogió por la cintura y al oído me susurró:
-¿ Me dejas que te enseñe los encanto de la playa?
Yo me tiraba de los pelos. ¡No podía moverme! Se supone que estaba allí como persona responsable de esos.... cosas, además no podía dejar a Iván solo.
-No te preocupes de eso ya me encargo yo.- me dijo con una sonrisa picarona, pero sin soltarme de la cintura. Después de decirme esto, le hizo una señal a uno de los porteros que estaba de descanso para que se acercara y le dijo:
-Queda terminantemente prohibido que ninguno de los niños salgan a la calle. Quiero que estén continuamente vigilados, no debe faltarles de nada. Y llama a Carmen para que venga a acompañar al profesor.
Dicho y hecho. No se como aparecimos tirados en la arena de la playa, bajo una luna que iluminaba toda la costa. Yo lo flipaba en colores. Allí estaba yo debajo del monumento nacional a los Canarios, disfrutando como nunca. Sus manos, de las que no me había percatado, exploraban cada milímetro de mi cuerpo, recreándose en mis senos. Nunca me había acariciado tan lentamente, yo estaba a punto de llegar al éxtasis, ¡y ni si quiera me había quitado la ropa!, cada caricia me hacía enloquecer. Sin darnos cuenta entre caricia y caricia llegó la mañana, y la luz del sol ( y el hecho de que no sabía nada de los niños desde hacía horas) hizo que cada uno regresara a su puesto de trabajo quedándose nuestra cita a medias.
Para mi asombro, los niños seguían en la disco, y salvo mi hija que me esperaba con cara de alucine, nadie se percató de mi ausencia. Carmen (la chica que Fran mandó a llamar) por su parte estaba consolando, y nunca mejor dicho, a Iván.
Después de las excursiones concertadas, la bajada a los lagos de Martiannet, con la consiguiente batalla acuática, los monstruitos estaban reventados. Esa noche a las 22:00 horas ya estaba todo el mundo en el tercer sueño, nadie se movió de la cama.
A las 02:15 de la mañana, me despierta el teléfono de la habitación (del susto me caí de la cama). Era el puto recepcionista.
-Perdone que la moleste a estas horas, pero hay aquí un señor que pregunta por usted. Y que quiere que por favor baje a su encuentro.
Yo a esas horas de la noche, no podía imaginarme quién podría ser, y pensando de que no sería importante, lo mandé a hacer puñetas. Nadie era tan importante como para sacarme de la cama ese día y a esas horas. El que sea que espere a mañana.
Otra vez metida en el sueño de la recreación de la noche anterior, oigo que llaman a la puerta. Yo creí que era un ruido de mi sueño, así que no le di mucha importancia. Me desperté al darme cuenta que poco más y echan la puerta abajo.
Mi estampa era digna de ver, como ya comenté, soy una persona bastante atractiva, pero aquella noche parecía la niña del exorcista entre los pelos y la cara. Estaba tan cansada que decidí irme a la cama sin quitarme el maquillaje, así que ya te lo puedes imaginar. Para colmo, intentando llegar a la puerta me llevé una maleta por delante, así que iba coja. Cuando abrí y vi a Fran, me iba a dar un chungo. Él por su parte estaba alucinado por aquella metamorfosis, y no sabía que hacer ni que decir.
Después de los primeros instantes de confusión y una vez arreglado mi aspecto, me propuso volver a ir a la discoteca. Así que me vestí y nos fuimos.
Tras muchos bailes y copas, me pidió que lo acompañase a su apartamento. Como casi todo en las islas Canarias, el apartamento era de ensueño. Se encontraba situado en el mismo filo de un acantilado, y desde los enormes ventanales del salón se podía ver el inmenso océano. Para más INRI el nombre de la urbanización era La Romántica. Así que retomando el tema por donde lo dejamos la noche anterior, nos abrazamos y empezamos a besarnos. Cada beso suyo iba acompañado de una de las caricias que te describí anteriormente, y al contacto con mi piel me parecía que quemaban. Poco a poco fuimos desnudándonos, yo a él y él a mí, quedándonos solo en ropa interior. Cuando vi a ese cuerpazo desnudo, creí desmayarme. Hacía cerca de un año y medio que no tenía relaciones con nadie, y estaba más nerviosa de lo normal. Parecía mi primera vez.
Era verano y su cuerpo empezó a sudar, haciendo que el sabor de su piel fuese más excitante. Muy lentamente, y sin dejar de besarnos ni abrazarnos, fuimos entrando en su habitación.
Caímos en la cama desbordándonos a la pasión. Sus brazos se convirtieron en miles, o por lo menos eso me parecía a mí, era increíble. Estando ya casi en el cielo, noté que el minúsculo tanga que llevaba me lo bajaba muy lentamente con la boca; el roce de sus labios y de su lengua en mi ingle me hizo estremecer de placer, su cabeza de repente desapareció entre mis piernas, sentí que iba a tener un orgasmo y quise apartarlo pero lejos de dejarme aumentó el ritmo hasta que el orgasmo me invadió como una ola.
Extasiada me levanté y empecé a recorrer su musculatura con mi lengua; me entretuve mordisqueando sus pequeños pezones, y el divertido se rió y me dijo:
-Déjame enseñarte como se hace.
Así que otra vez estaba bajo él, mientras sentía como su saliva intentaba apagar el calor de mis senos. Quise erguirme para repetir en él todo lo que me estaba haciendo, pero él no me dejaba. Estaba claro que era todo un experto. Cogió la almohada, le quitó la funda y utilizándola como si de una cuerda se tratase, me ató las manos a la cabecera de la cama, no sin antes pasarla por mi entrepierna.
Estaba yo en esta postura tan erótica cuando se puso delante de mí y muy dulcemente me abrió las piernas. Subiéndose encima de mí para acoplar su cuerpo en el mío. Al llevar tanto tiempo sin mantener relaciones, la penetración me produjo un leve dolor, que hizo que sus movimientos fueran aún más despacio. El dolor se fue dejando paso a un placer que en mi vida había sentido. Fue entonces cuando tuve el orgasmo más intenso y más duradero que pueda recordar. Fran, al oír mis gemidos aceleró el ritmo hasta que su orgasmo se mezcló con el mío.
Agotado por el esfuerzo, cayó rendido encima mía. Le pedí que me desatase, y sin dejar de besarme me obedeció. Sentándome encima suyo comencé a juguetear con su sexo. Recordé entonces algo que había visto en una película. Me fui a la cocina, calenté un baso de agua en el microondas, y saqué la cubitera del congelador. Cuando Fran me vio con el baso de agua ardiendo y la cubitera se asustó. Pero yo cogí la funda de la almohada y repitiendo lo que el me había hecho lo até a la cabecera, me levanté y cogí una corbata de su armario y se le tapé los ojos. Esto le excitó aún más.
Cogí un hielo e hice que se derritiera en mi boca, dejando mi lengua bastante fría. Me acerque a su empinado miembro y comencé a lamérselo. Sin dejar de lamer, y sin que él se diera cuenta bebí un sorbo de agua ardiente y se la derramé encima. El contraste del frío y del calor, y los constantes movimientos de mi boca hicieron que él se volviera a correr. En el éxtasis se desató las manos sin que yo me percatara. Me cogió en brazos, me puso a cuatro patas y me volvió a penetrar mientras sus dedos jugaban con mi clítoris. Pero esta vez fue él el primero en llegar al clímax.
Por la mañana me acompañó al hotel, donde me esperaban ya todos levantados. Así pasamos toda la semana: de turistas por el día, y de sexo duro por la noche.
Fue tanta la caña que me dio, y tantas las posturas que adoptamos que cuando llegué a Sevilla me costó la misma vida bajar las escaleras del avión. Estuve cerca de una semana con agujetas. De él nunca más volví a saber nada. No se si me ha olvidado, pero yo jamás olvidaré ese cuerpo.