EL SUEÑO DEL PIBE
Cuando se tiene 12, poco se sabe de sexo. Sólo lo que se escucha de los mas avispados en la escuela. Todos hablamos de “coger”, “pija” o “concha”; pero en realidad, ninguno sabe nada. Esas palabras mágicas tenían una fonética especial, se las nombraba y se las volvía a nombrar sin cesar, y veíamos como nuestros escuálidos miembros blancos y cuerudos se transformaban, crecían y se paraban de punta señalando nuestro ombligo. Y no sabíamos bien para que. Solo son reflejos previos del alboroto de hormonas que está comenzando a recorrer nuestras venas. Sin embargo, algo hay. Casi todos, alguna vez nos enamoramos de la maestra. Aunque era un amor casi platónico, no sabríamos que hacer… pero la amabamos. Todo estaría por empezar a pasar en nuestras vidas.
Mi amor con la señorita Pamela era especial. Yo no le miraba su escultural figura, ni la voluptuosidad de sus senos. A mi me enloquecía su boca. Sus labios eran para mí mente infantil su máxima expresión de sensualidad. Tenía una forma diferente de abrir la boca, de hablar. Yo soñaba despierto con poder besárselos en un descuido, extraerles todo su jugo. Pero si eso es muy eròtico, no dejaba de ser platónico. No sabría como canalizar todo ese erotismo.
Ese mes de Noviembre, mi padre me pidió que le acompañara a un campo de unos amigos a comer un asado, ya que era el cumpleaños de uno de ellos. Hacía bastante calor. Hubo una suculenta cena con todos muchachotes (viejos de 40) de su misma camada, donde corría el vino y otras bebidas; y también los juegos de truco a las cartas hasta altas horas de la noche. Yo me quedé con ellos, ya que no había chicos de mi edad. Al principio me aburrí un poco, pero luego empezaron a hablar de mujeres, aventuras amorosas, y anécdotas de orgías formidables en su juventud. Cada uno, en medio de su estado de semiebriedad debía contar alguna aventura interesante. Juro que en esa hora y media, no entendí ni jota de lo que hablaban, pero se me había parado la pija de una forma como nunca antes. Yo creo que ellos ni advirtieron que yo estaba todavía alli, sino se hubieran cuidado de hablar esas cosas.
Como a la las 2 de la madrugada, mi viejo se levanta de la mesa, me busca, saludamos a todos y nos fuimos a dormir a una de las habitaciones que nos habían asignado. Recuerdo bien que hacía mucho calor. Nos acostamos cada uno en su cama y el se quedó dormido en el acto. Yo no tenía sueño, ya que me había excitado mucho lo que escuché.
Luego de un par de horas, debo haberme quedado dormido. De pronto alguien sigilosamente abre la puerta. Era la silueta de una mujer despampanante, que se acercaba en puntas de pie a mi cama. Tenía unas caderas bien formadas y una cintura diminuta y senos bien parados. No tenía ninguna ropa sólo una enagua transparente. Primero me asuste mucho, ya que en esa casa no había ninguna mujer. Todos eran hombres. Se agachó justo a la par de mi almohada y entonces con gran sorpresa descubrí que era la Seño Pamela, que con un gesto de enfermera de hospital, presionando sus carnosos y deseados labios contra su dedo índice me ordenaba silencio.
Yo estaba completamente paralizado. No podía moverme de ninguna forma. No me atrevía a llamar a mi papá que estaba en la otra cama.
Pamela estaba mas hermosa que nunca. Sus labios fueron acercandose a los míos y ya podía percibir su aliento fresco. Ni en el mejor de los sueños me hubiera imaginado tal situación. Apoyó sus labios sobre los míos y pasó su lengua abriendo mi boca. Luego empezó a chupar mis labios uno por uno, y mi nariz. Yo estaba en el cielo. Se reincorporo y pasando una de sus piernas sobre mí, se apoyó suavemente sobre mi pijama, que para ese momento ya se parecía mas a la carpa de un circo. Comenzo a besarme nuevamente usando su lengua y dándome mordiscos en los labios, y besandome el cuello, y el cabello; mientras su pelvis movía su concha húmeda sobre mi verga que apuntaba a mi cara sin mas remedio. Los movimientos eran suaves, pausados, mucho mas de lo que hubiera deseado en ese momento, pero no podía moverme. Sus manos sostenian mis brazos abiertos y sus piernas enhorquetadas en mi cuerpo me mantenían inmóvil. La cadencia de su pelvis no perturbaba la quietud de su abdomen delgado como odalisca danzando en cámara lenta y sus pechos se mecían suavemente. Pude sentir como su raya buscó casi naturalente mi pija rechoncha como nunca y en un suave movimiento hacia atrás, la hundió suavemente en el humedo laberinto que parecía haberse diseñado a propósito. No hubo manos para guiar, ni dolores. Solo hermosos escalofríos en cada centímetro de mi pequeño cuerpo que se aunaban en una cosquilla que se dirigía a la punta de mi verga. Nunca nada igual. Su boca jamás se separó de la mía. Por momentos parecía que sus gruesos labios abarcaban hasta mi nariz. Su aliento fresco se iba mezclando con pequeños jadeos que iban aumentando mientras sus manos dejaron libres mis brazos para agarrar con fuerza mi cabeza. Yo empezaba a sentir como la cosquilla aumentaba con la suave y pausada cadencia que yo aunque quisiera no podía acelerar. Y de pronto todo mi cuerpo parecía a punto de estallar. Violentas contracciones impulsaron con fuerza mi pelvis hacia arriba hasta que mis huevos hicieron tope en aquella caverna húmeda y mágica. Mi pija estallo dentro de ella en escupitajos involuntarios que iban acompasados con los jadeos y las cadencias de su pelvis. Yo no sabía que me pasaba. Pamela jaló mi cabeza hacia su boca, me dío un enorme beso mientras repetía entre jadeos con dulce voz mi nombre: Nacho… mi amor… Nacho… pero esa voz pronto fue haciendose gruesa… como de hombre, y las manos en la cabeza dejaron de ser las delicadas y blancas de mi maestra, para ser unas mas grandes y fuertes que me sacudían y cacheteaban. Fuertes como las de mi viejo que me trataba de despertar. Que… Que pasa??? … Y Pamela???. Con asombro veo que la cama era un verdadero desastre. Las sabanas estaban arrolladas en un costado en el piso. Yo estaba todo transpirado y por debajo del elástico de mi pijama y aún apuntando a mi ombligo asomaba semi erecta mi verga y largos chorros de leche salvaje yacían dibujados en mi pecho. Desde la punta irregular del prepucio apenas asomaba rosada y brillosa la cabecita adolescente de mi pene infantil. Un hilo de semen gomoso aún lo unía al pequeño charco que acompañaba a mi ombligo y poco a poco se iba desagotando a las sabanas. Me sentí avergonzado y vulnerable. Pamela, ehhhh??? Mi padre, con una sonrisa cómplice en su cara y con un orgullo que no pudo ocultar, me da un pellizco en mi nariz, me despeina mas de lo que ya estaba en un enorme abrazo, y ayudándome a quitarme el pijama para limpiarme, me dice: Jejej…No paso nada, hijito… BIENVENIDO AL MUNDO DE LOS ADULTOS.