Índice » Lesbicos » La casa de la playa

Los primeros días de mi luna de miel los pasé en la casa que tiene Juan, un tío de mi marido, en un pueblecito de la Costa Brava. No tiene hijos y su mujer, María, es una persona encantadora. Siempre logra la admiración de los hombres y la envidia de las mujeres. Nos llevó allí un asunto de trabajo, así que mientras mi marido y su tío se ocupaban de contactar con algunos empresarios, María y yo íbamos a la playa, a pasear y de compras. Una noche nos acercamos a cenar a la playa y nos quedamos a la fiesta porque nuestros maridos se retrasarían hasta altas horas de la madrugada. Estuvimos cenando, bailando y acabamos bañándonos desnudas como la mayoría de la gente hacía a partir de las doce de la noche. Ella acaparó toda la noche la mirada de los hombres y los comentarios de las mujeres. Tiene un cuerpo muy femenino, pero sobre todo tiene una personalidad arrolladora. Los roces involuntarios en el agua se prolongaron en la arena al vestirnos y se convirtieron casi en caricias cuando nos duchamos en casa. Envueltas en toallas salimos a la terraza del jardín para ver las estrellas y tomar mi primer güisqui. Yo sólo tenía veintidós años y nunca había bebido licores. El alcohol nos desinhibió y las palabras brotaron en abundancia. La adulación fue mutua. Le dije que era la envidia de las mujeres y ella me dijo que yo tenía una juventud muy hermosa. Inconscientemente me estaba humedeciendo por dentro y cada vez que me rozaba me entraba un escalofrío. Pensaba que cuando llegase mi marido le haría el amor hasta derretirme. La desnudez bajo la toalla me excitaba y sentía los pechos hinchados y la necesidad de acariciármelos. María también estaba excitada y con la excusa del calor dejó ver sus muslos y la mayor parte de sus pechos. Me levante a buscar agua fresca. Al volver, los efluvios del alcohol habían nublado mi equilibrio y estuve a punto de caer. Ella me sujetó y terminé sentada en su regazo. Reí nerviosa y ella me abrazó. Su piel se rozó con la mía y perdí el sentido momentáneamente. Cerré los ojos esperando un milagro. Y ocurrió. Sentí en mis labios una dulzura y un calor que me llenaban todo el cuerpo. Abrí los ojos y me asusté. María me besaba mientras me miraba. Me separé bruscamente sin dejar de mirar aquellos ojos negros tan hermosos. Estaba paralizada. Ardía de deseo y temblaba por los nervios. Cogió mi cara entre sus manos y volvió a besarme. Yo me entregué por completo a sus labios y a su boca. Su lengua buscaba la mía y se la ofrecí porque no ninguna fuerza hubiera podido separar nuestras bocas. Sus manos se deslizaron hasta mis senos y sus dedos atraparon mis pezones. Sus caricias los endurecieron y el placer me asfixiaba, pero no quería separarme de aquellos labios tan dulces. Se separó para mirarme de nuevo con una mirada tan lujuriosa que me mojé toda. Me besó en el cuello, en los hombros y al fin llegó a mis tetas. Unas tetas redondas y regordetas, muy diferentes a los preciosos pechos ovalados que tiene ella. Sus pezones miran hacia arriba y coronan las más hermosas tetas que nunca he visto. Su mano llegó a mis muslos y los acarició por fuera y por dentro. Las piernas se me abrían ofreciendo mi sexo a sus caricias. El vello que rodea mi vulva y cubre todo mi pubis y mis ingles estaba empapado con los flujos que manaban de mi vagina. Enredó sus dedos con mi vello y acarició todo el pubis, las ingles y los labios mayores. Finalmente, sus dedos separaron mis labios y me acarició con tanta intensidad que hubiera gritado si su boca no se hubiese adueñado nuevamente de la mía. Era tan delicioso el momento que me dejaba llevar por sus movimientos. Llevó mi cara hasta su cuello y lo besé. Luego la bajó hasta sus pechos y los lamí, besé y chupé los pezones oscuros y enormes como dos avellanas. Seguí bajando hasta su estómago y su tripita. El vello negro de su pubis estaba a unos centímetros de mi boca, pero primero lo acaricié con mi mano antes de pasar mis dedos levemente por su vulva. Ella también estaba empapada y su flor se abrió al primer contacto. Sus labios eran como pétalos suaves y mojados, Su clítoris tenía el tamaño de una aceituna y mi boca se adueñó de él con ansiedad. Sus gemidos me excitaban aún más y pegué los labios de mi boca a los de su vulva y mi lengua buscó la entrada a su vagina y su clítoris. Así una y otra vez hasta que un orgasmo abundante llenó mi boca de un líquido espeso que no tenía otro sabor que el del placer. Sus piernas abrazaron mi cabeza y mi boca se llenó de su sexo durante varios minutos. Una de mis manos hurgaba en mi vulva buscando esa explosión que ella había depositado en mi boca, pero fue ella quien me tumbó en el suelo y besó todo mi cuerpo, desde la boca hasta los tobillos. Volvió hasta el pubis y mordisqueó el vello antes de acariciar con su lengua cada milímetro de mi vulva. Estuve a punto de alcanzar un orgasmo irreconocible, pero ella se desvió a mi ano y lo besó y acarició con su lengua durante unos minutos produciéndome un deseo de ser penetrada. Leyó mi pensamiento e introdujo la punta del dedo corazón y su boca besó mi vulva con tanta fruición que no pude resistirme a la llegada de un gran orgasmo que me abraso todo el cuerpo. Estaba tan húmeda que su cara resbalaba entre mis piernas. El placer se mantuvo ardiente y sus labios mantenían mi vulva deseada. Mi cuerpo empezó a contonearse con sus caricias y sentí que un nuevo arrebato de placer me bajaba por las entrañas. Antes de darme cuenta estaba sintiendo un nuevo orgasmo que me trajo la mayor felicidad que he tenido jamás, Celebramos con un beso muy dulce mi facilidad para sentir tanto placer. Su mano continuó acariciando mi pubis y mi vulva produciendo un nuevo arrebato de placer que terminó en un nuevo orgasmo en apenas un par de minutos. Le pedí que parase porque estaba agotada. Volvió a besarme apasionadamente y me felicitó por tener la capacidad de sentir varios orgasmos seguidos. Volvimos a la ducha, pero ahora las dos juntas. Las caricias con el agua nos aliviaron la excitación y nos fuimos cada una a nuestra cama.

escrito por Anonimo
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